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La adolescencia social: un fenómeno argentino

Por Dante López Foresi

(Diario EL VIGÍA- 21-07-12) - Por alguna extraña razón, todo ser humano que ansía alcanzar cierto grado de poder en cualquier ámbito, actúa irracionalmente en los momentos en que debe primar la sensatez, mezquinamente cuando debe primar la solidaridad y destructivamente cuando alcanza cierto grado de bienestar.

Pero no es mi intención referirme en esta oportunidad a nuestros dirigentes ni hablar sobre política. Más lleno de dudas e interrogantes, lo invito a pensar en conjunto un poco sobre nosotros mismos. Sobre los argentinos.

En los días que transcurren, vemos estallar a una Europa que históricamente funcionó como modelo político y cultural para los argentinos. Recordemos que nuestra mirada y atención puestas sobre Europa es el principal motivo por el cual los latinoamericanos confiesan (o confesaban) que no quieren (o querían) demasiado a los argentinos. Nunca les caímos muy simpáticos. Ejemplos para abonar esta aseveración, sobran.

La pregunta es ¿por qué siempre miramos modelos extraños a nuestra cultura y no confiamos en nosotros mismos, aún cuando a nosotros no nos va tan mal y nuestros admirados de siempre caen estrepitosamente? Todos nuestros síntomas pertenecen al mundo de la adolescencia. A inseguridades y planteos existenciales propios de la inmadurez. Lo invito a revisar algunos de ellos.

No hace falta tener hijos adolescentes para entender de lo que hablamos. Quizás, porque para llegar a cumplir más de 30 o 40 años de edad, es obligatorio haber tenido entre cero y 29 o 39. Todos debimos transitar aquella etapa de la vida. Y no esté tan seguro de que la edad por sí misma sirve para evolucionar. El mundo está lleno de adultos infantiles e inmaduros.

Una sociedad es una suma de individualidades que se comportan según reglas de convivencia impuestas por esos mismos individuos. Repasemos de qué manera acordamos implícitamente los argentinos la forma en que debemos convivir y cómo debemos interpretar nuestra realidad. Generalizando, claro, que es de la única manera que se pueden trasmitir ideas que nos conciernen a todos. Excepciones, siempre hay y habrá.

Un adolescente, generalmente, no está conforme con nada. Ni con nadie. Ni siquiera con su propio nombre. Esa disconformidad lo lleva a adoptar actitudes que nos parecen completamente absurdas. Piense. O recuerde. Recuérdese. Cuando un adolescente estudia, no quiere estudiar. Cuando trabaja, no quiere cumplir horarios. Cuando consigue comprar esa guitarra tan anhelada, no la disfruta si no compra el amplificador de sonido. Si, por fin, se enamora, comienza a sospechar que su amor idílico lo engaña. Cuando aprueba matemáticas, está preocupado porque la semana que viene tiene la de historia. Y sus principios ideológicos básicos, lo obligan a oponerse compulsivamente a todo cuanto diga un adulto. Varias veces, con razón.

Y así, un sinfín de actitudes que se resumen en una sola: un adolescente no se acepta del todo a sí mismo ni se da permiso para disfrutar. Y los adultos nos preocupamos por ellos. No nos gusta verlos sufrir innecesariamente. Pero, en ningún caso, podemos ayudarlos brindándoles respuestas ni soluciones. Socialmente, hemos inventado la sencilla excusa para padres de que "para crecer deben seguir su propio camino y darse la cara contra la pared una y otra vez para crecer". Algunos dicen que sólo les somos útiles escuchándolos. Otra excusa para justificar nuestra impotencia.

Si nos miramos actuar como sociedad y como individuos dentro de ella, comprenderemos que no pensamos que un joven debe sufrir sus propias experiencias frustrantes, no por los mencionados fines altruistas y con ánimo de crianza. No los ayudamos porque no sabemos hacerlo. Y no sabemos hacerlo porque ellos son sólo un ejemplo inexperto de lo que nosotros seguimos siendo como adultos y como sociedad: adolescentes que escuchan sin escuchar, ven sin mirar y juzgan sin saber.

La eterna adolescencia puede servir como concepto romántico de la vida, cuando de quitarse de encima responsabilidades adultas se trata. Pero nunca una mirada adolescente de la realidad ayudará a los jóvenes contemporáneos para la época en que alcancen la edad adulta y deban replantearse sus propias adolescencias no resueltas. Ellos, sólo adolecen de inexperiencia y tiempo de vida transcurrido. Pero ¿cuál es nuestra excusa para seguir adoleciendo como cuerpo social luego de tantas experiencias traumáticas?

Dijimos que un adolescente no está de acuerdo con nada (o casi nada, que no es lo mismo, pero es igual...diría Silvio Rodríguez) ¿Y nosotros? Lea los diarios. Escuche a nuestros opinólogos ¿Notó que los economistas volvieron a ser invitados centrales en los programas de televisión? Hasta Domingo Cavallo regresó de los sepulcros a diagnosticarnos. Y se atreve a cuestionar y pontificar. Detecte el desánimo permanente con el que interpretamos la realidad que nos circunda, dejándonos empapar con esas cuotas de interrogantes eternos, influidos por ese aluvión de desesperanza y lloriqueo tanguero. Típicamente adolescente.

Dijimos que la disconformidad de un púber lo lleva a adoptar actitudes que nos parecen completamente absurdas ¿Cómo definiríamos la obsesión "casi asnal" de una masa de argentinos por comprar dólares para atesorar, cuando hasta no hace mucho lo único que podíamos atesorar eran desocupados, muertes y frustraciones? La ausencia de memoria ¿no es una característica adolescente acaso?. Los adolescentes, al menos, tienen la excusa de no tener memoria por la sencilla razón de que carecen de tantos recuerdos como nosotros. Sigamos.

Dijimos, además, que un adolescente jamás está conforme y eso le impide disfrutar de sus propios logros. Y aquí me detengo. Quizás sea nuestro síntoma social generador del resto de nuestros síntomas. La disconformidad, el inconformismo o como quiera llamarle, es en sí mismo una fuente inagotable de actitudes evolutivas. Sin disconformidad, no existe el crecimiento personal ni colectivo. La disconformidad es, precisamente, lo que lleva a un adolescente a explorar caminos y crecer. Evolucionar. Excepto, claro, para los argentinos adultos.

Cuando la disconformidad es una constante y no se disipa con el paso de los años, generalmente los adultos terminamos en psicoanálisis o intentando conciliar el sueño mediante psicotrópicos. Lo que demuestra que...seguimos adoleciendo. Que hemos envejecido, pero sin evolucionar. Utilizamos la disconformidad para protestar airada (y adolescentemente) contra el gobierno, el país, la oposición, los dirigentes y el clima. En lugar de considerar la disconformidad como una oportunidad para evolucionar, pensar y proponer, la interpretamos como una excusa para quejarnos. Conducta adolescente como pocas. Esa disconformidad generalizada presupone, además, una falta de juicio sensato y de raciocinio a la hora de entender nuestra realidad y circunstancia ¿No es esta la definición de locura?

Nadie puede estar conforme con todo y disconforme con todo. Cuando ello sucede, generalmente existe una patología subyacente. Y los argentinos, la padecemos. Se nota claramente a la hora de opinar en grupo sobre nuestra realidad. Descalificamos el todo, a raíz de la parte que no nos gusta. "Si no consigo dólares, para qué quiero tener capacidad de ahorro (¿Mejor el corralito?)". Nuestra patología no es la disconformidad. Nuestra enfermedad es la adolescencia eterna, por temor de hacernos cargo y responsables de nuestras propias elecciones. Las culpas siempre depositadas en el otro y la mirada tremendista sobre todo lo que sucede ¿No es esa otra de las definiciones de ausencia de madurez, es decir, de adolescencia?

También dijimos que un adolescente se enamora y comienza a sospechar que su amor lo engaña. Algo lo empuja a relacionar el afecto y el amor con el padecimiento y el dolor. Se niega a reconocer lo bueno que le pasa, para no poder disfrutarlo. A los 15 o 16 años, es natural que suceda. Pero, una vez más, los adultos no podemos ayudarlos a amortiguar el impacto. Nuestra cultura e idiosincrasia están repletas de sentimientos poco constructivos como culpa, miedo y autoflagelación. Y eso se lo trasmitimos a ellos. A nuestros adolescentes.

Lo peor, es que esos mismos sentimientos innobles y paralizantes, nos inundan una y otra vez a los adultos. No se trata de reconocer lo bien que estamos comparándonos permanentemente con nuestros peores años para negar nuestros actuales problemas irresueltos, ni de negar esos logros para convencernos de que estamos condenados a la desdicha eterna ¿No le suena adolescente? Pues así actuamos los adultos en Argentina.

Somos distintos de Europa. Los argentinos, sobre todo, debemos asumirlo. Ellos, siendo muchísimo más avanzados en edad que nosotros, están en crisis. Sus problemas no son de adolescentes, sino de adultos que se equivocaron. Y, como adultos, seguramente aprovecharán su propia crisis como golpe de crecimiento y evolución. Ojalá que así suceda pronto. Ahora sí, hagamos memoria y recordemos que nosotros pudimos hacerlo. Aún siendo mucho más pequeños. En edad, claro.

Si cada frustración, dolor, padecimiento y lucha en cada una de nuestras vidas no sirve para modificar nuestra percepción de los demás y de nosotros mismos y, así, mejorar nuestro paso por el planeta y ser definitivamente adultos, no significa que la vida no enseña a vivir, sino que nosotros no tenemos la menor idea de como interpretar lo que nos pasó. Y lo que nos pasa.

Si los problemas colectivos e individuales que tenemos y, algunos de ellos, siempre tendremos, pues no existe el mundo sin problemas y los problemas suelen ser una enorme oportunidad para que nuestras vidas no sean insoportablemente tediosas y fláccidas, no son enfrentados bajo una mirada adulta, responsable y sensata, tendremos que concluir en que los argentinos optamos por ser adolescentes para no enfrentar los desafíos que desembocan en la madurez. Es hora de enseñarle a nuestros adolescentes que amar no implica necesariamente sufrir o padecer. Lo que duele, es crecer. Y es de adultos enfrentar ese dolor y convertirlo en oportunidad.

A esta altura, temo haber caído involuntariamente en la trampa de la mediocridad de los textos de auto-ayuda. Nada más lejos de mi intención. Sólo se trata de un grito casi desesperado para que comprendamos que no somos como los medios y los opinólogos dicen que somos, ni nos pasa lo que los funcionarios, por una parte, y los economistas y editorialistas opositores, por la otra, nos dicen que nos pasa. Creemos que nos pasan, porque necesitamos demasiado de esas opiniones de extraños para sentirnos aprobados. O reprobados. Aceptamos compulsivamente como reales, argumentos y diagnósticos falaces que nos ayuden a sentirnos miserables. Esa necesidad de aprobación del otro y esa tendencia a subestimarnos ¿No son típicamente adolescentes?

Pero los argentinos, por el contrario, hoy no estamos en crisis. Tenemos problemas, algunos de ellos muy serios. Fuimos adultos que nos equivocamos reiteradamente. Y nos seguimos y seguiremos equivocando. Sólo se equivocan los hacedores. Nos dimos "la cabeza contra la pared", como decimos que deben criarse nuestros adolescentes para ¿ser como nosotros?

Cometimos las mismas equivocaciones que los europeos y las pagamos muy caro. Si les decimos a nuestros adolescentes que esos errores y frustraciones sólo desembocan en la madurez ¿por qué seguimos actuando de manera adolescente como individuos y como sociedad? Nuestra sociedad será mejor, en tanto cada uno de nosotros lo sea y siempre dependiendo de nuestra capacidad para interpretar la realidad debidamente y resolver los problemas adecuadamente. Sin esperar la aprobación de otros para sentirnos completos. Como hacen los adolescentes.

Lo que más preocupa de un adolescente es su mirada autodestructiva. Por eso nos sentimos compulsivamente obligados a protegerlos y contenerlos ¿Por qué no adoptamos la misma actitud para con nosotros mismos? Ser una sociedad autodestructiva, no creo que sea un buen ejemplo para nuestros hijos.

Crecer y evolucionar es duro y doloroso. Pero es maravilloso. Y de eso se trata.

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