La esposa del CEO

Por Dante López Foresi

(Diario EL VIGÍA) - La almohada estaba aún tibia y el libro de Miguel Hernández adornaba su mesita de luz con el señalador colocado en el poema "Me sobra el Corazón".

El CEO hacía números mientras se duchaba. Números. Estaba pensando en la gente. Y hacía números. Mientras su esposa aún dormía, la miró culposamente y se dirigió a la cocina a prepararse esos mates tan amargos como solitarios. Números.

En su conciencia intentaba encontrar los argumentos imprescindibles para no volarse la tapa de los sesos por vergüenza. Le preocupó ver el cuello de su nueva camisa con una pequeña arruga. "Es que hoy vienen a tomar el té los opositores...¡¡Já!!..mirá vos. Los del bloque opositor....¡¡y vienen a mi casa !! ¡¡Cuántos se deben estar remordiendo de envidia!!

Mientras salía de su casa remodelada, el chofer lo miró con el mismo desprecio de siempre y lo saludó con la cínica amabilidad de cada mañana. El CEO se sentía importante en el barrio cada vez que el auto con vidrios polarizados arrancaba a toda marcha. Miraba a través de la ventanilla y veía a sus vecinas barrer la basura como alguna vez lo hizo su propia madre. Lo invadía una molesta sensación de que siempre sentía que la lanzaban hacia el mismo sector, es decir, hacia su rostro.

Llegó a su despacho y recibió el primer llamado. Ningún hombre es importante si no recibe llamados. Ningún CEO es importante si no está hablando por teléfono o celular. Ingresó a la página de Internet de su banco. Quería ver si sus cuentas aún estaban claras. No por transparente. Sino porque le encantaba enfrentarse cada mañana a semejante cantidad de ceros mal habidos y poner a prueba su resistencia ante los principios.

Su esposa, mientras tanto, no salía a la calle a barrer. Para eso estaba la mucama. Y no es que le faltara tiempo. No se animaba a dar la cara en el barrio. "Esas hipócritas...no pueden ver que a una le empiece a ir bien que ya se ponen a decir pavadas". Ella también buscaba excusas para no utilizar la segunda bala. Ella era cómplice que, a veces, es peor que ser delincuente. Ni siquiera era capaz de apropiarse de lo ajeno e inventar argumentos dialécticos para desviar la discusión hacia el empobrecimiento de los países emergentes. Ella solamente gastaba. Callaba y gastaba. Hacía como que no sabía, y gastaba. Era una prostituta y lo sabía.

Fingía decencia solo a cambio de que no se note que todo en casa era un intercambio. Es que ambos, ella y su marido el CEO, tienen en su historia demasiados testigos que pueden dar fe de lo pobres que fueron. Y de lo miserables que son hoy. Encendió el televisor y escuchó hablar sobre su marido: "La oposición visitará la casa del CEO del Grupo para intercambiar opiniones sobre el futuro del país". Ella escuchaba.

Recordó por un momento los sonidos de su madre en la cocina en su casa de "acá a la vuelta". Y hoy era miércoles. Mamá seguro que se va a juntar con esos zurdos para reclamar por su jubilación. Cuando el hastío de ser la señora del CEO reapareció, tomó la revista que estaba sobre la mesa del living. Estaba aún sin abrir. Y encima escrita en inglés. "Cómo me hubiera gustado aprender inglés"- pensó. ¿A ver si me acuerdo algo del secundario? Y abrió la revista a la altura de la página siete. Y leyó. No entendía bien pero trató de traducir en su mente esa frase. Decía..."Paso Alto- California: The psichiatry doctors arrived to one conclusion".

"Los.doc..tores en psiquiatría arri...baron a una con...clusión". La mujer del CEO río sonoramente ante el logro. ¡¡Estaba leyendo en inglés!! Eso le permitía no sentirse solamente "la mujer del CEO". La siguiente frase le resultó más fácil de traducir: "La única forma de lograr el equilibrio psíquico es mediante una conciencia tranquila".

Se dirigió al dormitorio pensativa. Solo por curiosidad abrió el libro que su marido había ojeado anoche antes de dormirse. Y leyó: "cortar este dolor..¿con qué tijeras?...no sé porqué ni cómo me perdono la vida cada día".

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