La misma piedra

Por Dante López Foresi

(Diario EL VIGÍA- 10/04/11) - Corría el año 1995. Carlos Menem se presentaba para su primera reelección. Luego de la firma del Pacto de Olivos con Raúl Alfonsín que permitió la modificación constitucional que habilita la reelección, los sueños de inmortalidad del riojano inundaron todo su ser y el de sus acólitos.

Frente a sí, tenía una oposición fragmentada. Pero el Frente Grande de Carlos "Chacho" Álvarez se erigía como la fuerza política alternativa. Sin embargo y, quizás producto de una falta de autoestima o subestimación de su propia fuerza, Chacho decidió aliarse con otras fuerzas. Y en el "rejunte" quedaron él y el ex ministro menemista José Octavio Bordón como las caras visibles de un...¿proyecto?.

Las diferencias entre Álvarez y Bordón comenzaron a hacerse cada vez más visibles. Ambos querían encabezar la fórmula presidencial, con el único objetivo de impedir a Menem su reelección. Ante la imposibilidad de lograr un acuerdo, decidieron someter esa fisura insalvable al voto popular en internas abiertas. Ganó Bordón.

Y, en esas internas abiertas frepasistas, también ganó Menem. No tanto por la figura poco carismática y vacía de contenido de Bordón, sino por esa "fisura insalvable" presentada a la sociedad, que demostró que el Frepaso (así se llamó esa alianza) había nacido pura y exclusivamente como un rejunte antimenemista, pero no poseía la más mínima posibilidad de construir un proyecto nacional alternativo al neoliberalismo imperante.

Sin embargo, el Frepaso con la fórmula Bordón-Álvarez, obtuvo más de cinco millones de votos en aquella elección. El germen aliancista estaba intacto. Y en lugar de construir durante el segundo mandato de Menem un verdadero modelo de país alternativo para proponerle a la sociedad, impulsando el debate ideológico de los sectores juveniles y militantes, en 1999 volvieron a tropezar con la misma piedra: optaron por construir otra Alianza.

Chacho Álvarez volvió a ser candidato a vicepresidente. Pero esta vez no de Bordón, sino de Fernando de la Rúa. Analizando el hecho en perspectiva histórica que permite el paso del tiempo ¿alguien en su sano juicio podía imaginar que los miembros de esa fórmula tenían algún punto ideológico en común? Sin embargo lo lograron. El objetivo de impedirle a Menem un tercer mandato se había logrado.

Así, vimos desfilar por Casa Rosada figuras tan (aparentemente) antitéticas como Ricardo López Murphy y Federico Storani. Patricia Bullrich cambiaba por enésima vez de partido para convertirse en Ministro de Trabajo. Gerardo Morales asumía la Secretaría de Desarrollo Social. Oscar Aguad era designado interventor en la provincia de Corrientes. Elisa Carrió comenzaba a modificar su apariencia y el maquillaje definía sus rasgos hasta ese momento desconocidos. Graciela Fernández Meijide celebraba el "Poder" codo a codo con el ala más conservadora del radicalismo. Y la prensa que, durante el menemismo fue un valuarte del progresismo argentino, ya que a la derecha de Menem sólo había una pared, trataba con generosidad a los protagonistas de este nuevo...¿proyecto?

Las consecuencias ya las conocemos.

Luego de la explosión social recordada (¿cómo olvidarla?) como "cacerolazo", Eduardo Duhalde condujo el país hasta las elecciones de 2003. Es necesario destacar que, al menos, la institucionalidad se recuperó. No tanto por mérito de Duhalde, sino porque más bajo que en 2001 y la sucesión de cinco Presidentes en una semana, era casi imposible caer. Cuando se toca fondo, se asciende o se muere. Y los pueblos no mueren.

Regresemos al presente. Desde 2003, lo que a la histórica oposición le había resultado imposible construir, es decir, el debate ideológico, la recuperación del prestigio de la política y la seducción de los sectores juveniles para que, entusiastas, abandonen el individualismo y se vuelquen a ejercer la militancia cada uno desde sus lugares de pertenencia, lo había conseguido el oficialismo de la mano de Néstor Kirchner.

Ya no se hablaba de "frentes" o "alianzas" para vencer a tal o cual gobierno, sino que el término "frente" comenzó a ser utilizado para integrar a la sociedad a un proyecto de país. Con virtudes y defectos, con aciertos y errores, con logros y asignaturas pendientes, el oficialismo logró desde 2003 lo que las caras visibles de la oposición fueron impotentes para conseguir desde 1995.

La sociedad en tanto, olvidadiza y generosa, colmó en 2009 el Congreso de la Nación con los mismos rostros que habían sepultado los sueños argentinos mediante aquellos rejuntes electoralistas, cuyo fin no era construir una Argentina distinta, sino lisa y llanamente, arrebatarle el Poder a quien lo detentaba.

Durante los últimos siete años se recuperó no sólo el debate militante, sino además la conciencia social y política. Los ciudadanos se entusiasman amando u odiando al gobierno o a la oposición, pero en definitiva participaron activamente, alentados por una conducción del Estado que derramó política por todo el territorio nacional y revaluó conceptos tales como memoria, lucha, inclusión y justicia. Se instalaron debates de fondo, como la distribución de la riqueza y de la palabra. No haremos aquí un panegírico del kirchnerismo, pero la realidad es visible e innegable.

La lógica histórica (o la historia con cierta lógica) hubiera hecho suponer que aquellos mismos dirigentes que desde 1995 vienen tropezando con sus propios razonamientos mezquinos o, para ser benévolos, equivocando el camino de la construcción de poder, debieran haber utilizado estos años para generar un proyecto de país alternativo para proponerle a los argentinos. Así como el oficialismo tuvo tiempo como para tomar decisiones que aún son asignaturas pendientes, los opositores lo tuvieron como para hacer algo inmanente a la especie humana: evolucionar.

Sin embargo no sucedió. El país necesita una dirigencia política que crezca cualitativamente a la par de la historia contemporánea. Pero los dirigentes opositores, no sólo argentinos, sino de toda la región sudamericana, insisten una y otra vez con las mismas recetas: las alianzas, frentes, rejuntes y amontonamientos. Pueden resultar útiles en elecciones de medio término, para acotar el poder político de un gobierno. Pero a la hora de decidir nuestro futuro como Nación en elecciones presidenciales, ya los podemos definir empíricamente como siniestros.

Así, el presente nos muestra el modo en que grupos económicos y mediáticos brindan el mismo trato que se le dispensa a un muñeco de peluche a dirigentes opositores en estado de desesperación, intentando colocarlos en sitios distintos según sus utilidades. Como no debatieron ideas, como no utilizaron estos siete años para evolucionar personal y colectivamente y sólo se limitaron a cuestionar decisiones del gobierno, hasta el punto de defender los intereses económicos de cómplices del genocidio argentino para horadar el poder de Cristina Fernández y de Néstor Kirchner, hoy plantean como "solución" para los argentinos formar nuevas....Alianzas. Y funcionan conciente o ingenuamente, como empleados del poder económico.

Y aquellas fórmulas inviables como Bordón-Álvarez o De la Rúa-Álvarez que existieron hace ¡¡Más de 15 años!!, hoy son propuestas con nombres y apellidos distintos, pero con la misma lógica: impedir que siga gobernando el kirchnerismo.

Así, Ricardo Alfonsín dijo estar dispuesto a formar un frente electoral con Francisco De Narváez, Eduardo Duhalde, Felipe Solá y Ricardo López Murphy pero, para reservarse un tilín (como diría Silvio) de escrúpulos, aseguró que su límite es Mauricio Macri. Es decir, el mismo que se alió con Francisco de Narváez en 2009.

Macri, mientras tanto, sobreestima su potencial electoral y señala que no formará alianzas, pero invita a todos a sumarse a su fuerza, mientras Eduardo Duhalde le suplica públicamente un frente electoral, para terminar con la "era kirchnerista".

Binner, Alfonsín, Sánz, Carrió, López Murphy, Duhalde, Pino Solanas y cuanto dirigente "anti-K" exista en el universo político nacional, es conciente de que no puede desplazar al oficialismo del poder sin formar previamente alianzas. Un verdadero "déjà vu" de 1995 y 1999. Algunos, como Patrcia Bullrich, ni siquiera ocultan su intención: "Sé que quienes formamos parte del gobierno de la Alianza tendremos una nueva oportunidad", dijo en uno de sus discursos recientes en la Cámara de Diputados. La misma piedra.

En aquellos años había que derrotar al neo-liberalismo. Hoy, a su opuesto. Pero eso parece no importar demasiado. Lo fundamental es derrotar al gobierno de turno para acceder al Poder. Sirviendo para ello, incluso, intereses económicos antipopulares. Pura lógica opositora sudamericana.

Todos. Absolutamente todos los dirigentes opositores, concientes de su propia impotencia individual, están tejiendo alianzas o frentes electorales nacionales o provinciales con un único fin: derrotar a Cristina.

Y Cristina, ni siquiera confirmó aún si será candidata.

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