Agencia EL VIGÍA

¿Puede latir el corazón y una persona estar muerta?
La respuesta es SI. Ocurre que la muerte no constituye un hecho único e instantáneo sino un proceso que supone una sucesión de acontecimientos. En ese proceso los tejidos y órganos se van deteriorando gradualmente a diferentes velocidades y perdiendo sus funciones.
 
En otras palabras, la ME es un proceso que se inicia con la abolición (desaparición) de toda función cerebral. De la misma forma, la muerte puede comenzar a partir del paro cardíaco: la detención del corazón trae aparejada la cesación en el flujo sanguíneo y la oxigenación de los demás tejidos. Este efecto sobre el cerebro provoca la pérdida de conciencia del paciente que ha sufrido un paro cardíaco. Si el latido no se restaura, las células y tejidos mueren, y sobreviene la putrefacción. Sin embargo, en este proceso, hay células que tardan más tiempo en perder su función. Es sabido que al exhumar un cadáver que había sido enterrado, se verifican el crecimiento de pelos y las uñas. Y no por esto decimos que el “cadáver estaba vivo”.
 
Debe quedar claro, entonces, que la muerte es un proceso: un órgano vital es el primero lesionado en forma total e irreversible (corazón o cerebro). A partir de esta lesión se desarrollará indefectiblemente una secuencia que irá deteniendo el resto de las funciones vitales del organismo. El diagnóstico de muerte consiste, entonces, en verificar los signos clínicos que demuestran la ausencia de toda función vital y su irreversibilidad. Esto es válido cualquiera sea el órgano por dónde empezó el proceso de la muerte: el corazón o el cerebro.
 
Resulta interesante observar la evolución del diagnóstico de muerte a lo largo de la historia: cuando no había otros elementos, la muerte se diagnosticaba por la putrefacción: cuando el cadáver comenzaba a hedir, la muerte era una certeza y se lo podía enterrar. También el diagnóstico se basó en la respiración: se objetivaba con un espejo frente a la nariz y la boca del sujeto, si no se empañaba, no había aliento y por lo tanto el sujeto había fallecido. Posteriormente se relacionó al pulso con la vida: la ausencia de pulso verificaba la muerte. René Théophile Laënnec (1781 – 1826) fue uno de los médicos clínicos más grandes de todos los tiempos. Él desarrolló el estetoscopio y fue un instrumento con el cuál se pudo objetivar el latido cardíaco y los ruidos respiratorios por la auscultación del tórax. Por lo tanto a partir de Laënnec, la ausencia de latido cardíaco, junto a la ausencia de pulso y de la respiración, sumada a la pérdida de la conciencia, fue la forma de diagnosticar la muerte.
 
El cerebro es quien provee información, coordina o dirige otras funciones como el latido cardíaco, la presión arterial, respiración, la temperatura corporal, etc. Estas funciones en conjunto son denominadas “funciones neurovegetativas” y son involuntarias.
Cuando se inicia el proceso de la ME, el cerebro es el principal afectado. Inmediatamente, se pierde la capacidad espontánea de respirar. Inicialmente con el aporte de oxígeno a través de un respirador, y suero y medicaciones específicas, se pueden “mantener artificialmente” algunas funciones (la respiración, presión arterial, frecuencia cardíaca y otras funciones neurovegetativas). Pero, esta situación no es indefinida. SI bien, no se puede definir un tiempo exacto, lo mas probable es que estas funciones se vayan reduciendo o perdiendo, aproximadamente, en las siguientes 48 hs. posteriores al diagnóstico de ME.
 
Si estas medidas (respirador, oxígeno, drogas para mantener la presión y el latido cardíaco) fueran suspendidas en cualquier momento, el proceso de detenimiento del corazón sería inminente. Recordemos que en la situación de ME, el individuo no es capaz de respirar espontáneamente. De esta manera, sin la ayuda artificial de un respirador, no se puede producir la oxigenación de órganos y tejidos vitales, como el corazón, y con ello su adecuado funcionamiento.
 

 

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