LITERATURA REGIONAL ARGENTINA
Hoy: Provincia de Corrientes

GERARDO PISARELLO: Este autor correntino pasó su infancia en "Saladas", pueblo fundado en época de la Colonia (En 1707 se establece el Fortín  en las "Lagunas Saladas", y a los pocos años, con el aumento de población, se erige la Capilla y se establece el pueblo de "San José de las Lagunas Saladas" que es más popularmente conocido como "Saladas").

De esta etapa de su niñez quedan las vivencias grabadas en el autor, que las recrea en sus escritos. Su libro "Che rétá", cuyo título significa en guaraní: "Mi tierra" está constituido por una serie de estampas pintorescas y descriptivas de esta zona del interior del país.

Variedad de plantas

Frecuentemente nos pasábamos en la quinta explorándola. Nos movía un secreto afán de sorprender algo nuevo; una infantil curiosidad guiaba nuestros pasos. Los árboles nos deparaban el secreto de nidos  y pájaros, y nos ofrecían sus ramas flexibles en las que nos hamacábamos en dulces balanceos entre la caricia de las hojas. 

Nada más cabía esperar de esa vida de las plantas que trascendían una serenidad infinita. Sólo que nuestra infancia no perdonaba nada, Todo lo mirábamos y lo tocábamos cual si nuestro interés hubiera sido descubrirle a cada planta su vida de vegetal, de encontrarle sus jugos más íntimos. Y si la quinta no era grande, tenía en compensación la riqueza de una variedad vegetal. Esto bastaba para aguijonear ese interés versátil en que los niños mueven su curiosidad.

El ananá y el plátano, que no era común verlas en la zona, habían sido plantadas en la quinta. Entre las  plantas de ananá, que nos recordaban a ciertos cardos silvestres abundantes en la proximidad de los talares, pretendíamos encontrar los mismos apereá, esos conejitos de campo que por allí aparecían. Los plátanos formaban nuestro monte: "el bananal", de frescura incomparable, donde el verano caía vencido por sus lisos tallos de agua y por sus hojas anchas a manera de techo. Nosotros mismos ayudábamos a plantar los plátanos, en esa renovación periódica necesaria a su mejor producción. Pero crecían tan  rápidos, que el "bananal" se tupía con los nuevos retoños que aparecían en la raíz, se obstruía con las plantas viejas que al dar sus frutos caían y terminaban secándose.

Nuestros juegos de escondidas hallaban en este lugar su campo propicio, y nada extraño por tanto, que allí fuéramos, más llevado por ello, que por descubrir los cachos de bananas que debían cortarse al comenzar a pintar.

Crecían unas cuantas plantas de mamón. Sus secas hojas extendidas se apartaban en forma de sombrilla y sus frutos blandos pegados al mismo tronco se descubrían en un abigarrado hacinamiento. Esos frutos recorrían una gama de colores: verde oscuro, primero, amarillo pálido, luego, y amarillo rojo subido, por último. Completos de madurez, parecían entonces pequeños  melones colgando en aquellos tallos. Y si así podían ser comidos, nosotros los preferíamos en dulces de almibarados sabores.

Algunos ejemplares de árboles como casuarina, paraíso, ombú, jacarandá, grevilea, estaban en filas o aislados en distintos sitios por el mérito de sus flores o por la necesidad de su sombra. Con el tiempo ellas irían desapareciendo bajo la acción del hacha. Los naranjos lo invadían todo, lo exigían todo. Era él interés materializado en el precio del fruto que se valorizaba con su mercado de exportación, el que también aquí, entre las plantas de esta quinta abatía un mundo de poesía y de recuerdos.

Las plantas citrícolas pasaron a predominar cada vez más en la quinta. En mayoría estaban los naranjos criollos, sin injertar, que ponían una espera de quince años para iniciar su producción.

Se contaban otros ejemplares como la mandarina, el limón, la lima sutí  y lima puruhá, y la cidra, cuyas frutas no se exportaban, ni encontraban en nosotros consumidores directos, exceptuando la mandarina. La lima puruhá en el verano nos compensaba de la falta de naranjas dulces.

Las plantas de cidras estaban en los fondos como excluidas de la familia citrícola. Sus frutos abultados y deformes parecían pesarle tanto, que se hubiera dicho la causa de su poco crecimiento. Aparecían como los enanos de las citrícolas, y apenas si se igualaban a nosotros en estatura. No obstante, eran esos frutos tan feos y amargos, con los que en la casa se hacían los más ricos dulces, comparables sólo a los de mamón.

El perjuicio ocasionado por las tormentas aparecía de inmediato bajo las quintas de naranjos. Las frutas caían en cantidad, cubriendo el suelo. Si eran todavía verdes y pequeñas, se transformaban en proyectiles para nuestras guerrillas de "liberales"  y "colorados"; si maduras, se las llevaban los chicos o las mujeres pobres que las pedían. Pero como aún quedaban las naranjas rotas, se cortaban y servían de alimento a las vacas.

Estas naranjas caídas por acción del viento bajo la quinta, eran en la casa constante motivo de preocupación. Las vacas mostraban predilección en comerlas, y al menor descuido -porque una tranquera quedaba abierta o porque sus manías de "chacareras"  fueran tantas-, se metían en la quinta y a las primeras de cambio aparecía una vaca atragantada con alguna de las naranjas que sin masticar trataban de tragar. Cuando esto sucedía, había que maniatar al animal voltearlo y en tanto dos o tres hombrea lo sujetaban impidiendo sus movimientos, otro trataba de localizar al tacto la naranja en el sitio en que obstruía la garganta y presionando, buscar de hacerla circular hasta volverla al exterior. No siempre se obtenía éxito con tal procedimiento y se recurría entonces a otro, mas eficaz. Se metía la mano directamente en la garganta del animal para extraerle la naranja, o de lo contrario, con un palo fino se la hacían zafar hacia dentro.

Era preciso no perder tiempo, a fin de que no se produjera la muerte por asfixia. Y preciso era también, cierta práctica en el trabajo requerido en la operación. El animal en ese estado se debatía entre la vida y la muerte. Retorcía los ojos, fijándolo en un blanco de agonía, y en continuos golpes de tos, que parecía removerle las entrañas, iba arrojando una baba pegajosa.

No era raro que nos tocara ayudar a los que se afanaban en estos salvamentos de las vacas. Pero eso sí, teníamos la seguridad de presenciarlo. Sin embargo aquello producía tal desagrado, que daban ganas de alejarse de la quinta. Era lo único que de vez en cuando venía a perturbar la serenidad infinita de las plantas.

Fuente: http://www.redargentina.com

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