CUANDO MUERE LA SONRISA
Por Dante López Foresi
@DanteForesi
 
El 4 de octubre de este año Mi Viejo dejó de sonreír para siempre. Se llamaba Francisco López, y era constructor jubilado. O mejor dicho: Era FRANCISCO LÓPEZ, y estaba jubilado de su trabajo como constructor. Jamás entendí su sonrisa permanente. Su actitud protectora de sonreír a la vida aún cuando lo peor se avecinaba. Y no lo entendí por culpa de mi propia discapacidad. Recién ahora lo comprendo. Me contaron que la noche del 3 de octubre cantó a viva voz. Jamás en mi vida lo escuché cantar. La madrugada del 4 de octubre debe haber sonreído antes de empezar a ser tan extrañado.
 
Esta mañana mi hija de 9 años me dejó un mensaje en el contestador de mi casa. Me contó que murió “alguien que vos conocés”. Se llamaba Martín Federico, trabajaba como juez y jamás lo vi sin su sonrisa dibujada. Lo recuerdo así. Y así quedarán...ambos. Sonriéndome. Sonriéndonos. A Martín lo conocí mucho menos de lo que me hubiera gustado. Igual que a Mi Viejo. Era el amigo que hubiera necesitado más tiempo para que me enseñe a disfrutar de la alegría de vivir cada detalle, cada inspiración, cada suspiro, sin creer que eso era simplemente conformarse. Igual que MI Viejo. Se fue antes de las fiestas. Ambos se fueron antes de las fiestas. Y ambos se fueron antes de que yo me diera cuenta de que debía haberlos aprovechado más.
 
Hace rato que estoy tarareando Eclipse de Mar: “en el diario no hablaban de ti...”. Pido disculpas por no poder entender la risa ajena estos meses. No se sienta culpable si lee lo que escribo en un momento de plenitud o felicidad. Hace bien que usted se sienta bien. Nos abre las puertas a la esperanza de que la alegría es posible y la tragedia es pasajera. Pero, este año fue el año de “la muerte de la sonrisa”. Yo al menos lo recordaré así. Espero que Mi Viejo y Martín Federico se conozcan, si es que lo mágico también es posible.
 
Algo me dice que no debo seguir escribiendo mucho más sobre la cuestión. No quiero interrumpir su fiesta o su propia tristeza. Discúlpeme nuevamente por este bajón. Es verdad que me hace bien saber que usted está bien. Es de buena persona alegrarse con la felicidad ajena. Pero soy de los que no les gusta que le prohíban hablar sobre su tristeza. ¿Notó Usted que está de moda creer que si uno confiesa sus penas es rechazado socialmente?. Tenemos casi la obligación de contar chistes, hasta en los peores momentos. Que se opine sobre nosotros que somos artificialmente lo que yo aquí le cuento que genuinamente fueron Mi Viejo y Martín Federico: hombres alegres. El detalle es que esa alegría solo puede reconocerse una vez que se fueron y gracias a esa ausencia que taladra el alma. Perdone mi egoísmo, pero en el año de la muerte de la sonrisa, no puedo dejar de preguntarle. “Y Usted...¿de qué se ríe?”.
Ya lo sé: Usted y yo aún estamos respirando. ¿Y si aprendemos a sonreír solo por eso?. Se me fueron dos maestros que no supe aprovechar debidamente, pero aún quedamos nosotros.
Y no es contradictorio lo que voy a decir: Felices Fiestas. Si, muy felices. Brindando por quiénes sí supieron sonreír a nuestra vista. Y hoy, solo no podemos verlos. Solamente eso. Y nada más....