A 13 años del atentado a la Embajada de Israel

 

“Cuentos bajo los escombros”

 

Ante una investigación detenida en el tiempo, y nada nuevo qué contar al día del cierre de esta edición, decidimos conmemorar este nuevo año, uno más, del grave y salvaje atentado a la Embajada de Israel en la Argentina, con un cuento de quien fuera el jefe de Prensa de la delegación diplomática al momento del atentado.
Por entonces, Jorge Cohen estaba preparando un libro de cuentos que tenía guardado en el cajón de su escritorio de la Embajada. Cuentos que poco tenían que ver con su función profesional, sin embargo, luego de haberse salvado del atentado, él y sus cuentos, los mismos tomaron un giro emblemático como testimonio de vida más allá de la violencia irracional que pueden engendrar los hombres.

 

Así lo explica el mismo Jorge Cohen en su libro:

“Fue el 17 de marzo de 1992 a las tres menos cuarto de la tarde: unas hojas impresas con las versiones iniciales de los diez relatos que se suceden en este libro volaron por el aire junto con el edificio de la embajada de Israel en Buenos Aires.
Hasta ese minuto -puntual, inesperado- esos papeles habían quedado guardados en el cajón de un viejo escritorio de los años cincuenta, en el segundo piso de embajada...
Una semana más tarde -o dos, o tres, ya no importa- encontré sin buscarlos esos borradores chamuscados, en el mismo sobre color madera donde los había dejado: También eran un desecho más. Lo eran dentro de una bolsa negra en la que acaso un socorrista había depositado lo poco rescatado entre los escombros.
Junto a los textos había piedras, polvo y esquirlas. Así como estaban, los llevé conmigo.
Años después, pude vencer la cobardía de no ambicionar enfrentarme con esas historias que alguna vez había escrito y que, como yo, habían sobrevivido.
Comprobé que los acentos y las correcciones ortográficas que Marcela Droblas había marcado sobre el papel estaban casi indemnes, increíblemente. En esos trazos desparejos, saltando de una línea a otra, estaba la mano y el corazón de Marcela. Era como volver a verla. También aparecían las flores y las caras que le gustaba dibujar, como a otros les gusta golpear los dedos o mirar un punto fijo mientras hablan o escuchan.
Esas enmiendas en mis escritos fueron tomadas en cuenta en la versión final. Marcela Droblas trabajaba conmigo en la embajada, y era también una atenta lectora, correctora y crítica. Le hubiera gustado ver publicados estos cuentos, ya que nunca podrá saber cómo continuaron y se elucidaron. Ella y todos sus proyectos fueron asesinados aquel día: quedaron bajo los escombros.
Mientras completaba estos cuentos, me persiguieron muchas veces dos momentos literales que aún suelen invadir mis días y mis noches: cuando volamos por el aire, en aquella tarde trágica e irrepetible del verano del ‘92; y el reencuentro con los relatos, que creí que habían muerto, como tantas otras cosas que alguna vez existieron.
Sin ensayar una comparación de pretensiones ridículas, me permito citar un episodio literario y a la vez polisémico del Talmud, en el que un rabino, por su sola condición de judío, es atado a un poste, envuelto en los rollos de la Torá de su templo y prendido fuego.
Cuando se le acerca el discípulo para consolarlo, el rabino le dice:
‘No temas, el papel se quema, pero las letras vuelan’.
Este libro intenta, entonces, presentar un testimonio, a pesar de los homicidas, cómplices, encubridores y tribunos supremos, que ignoraron la tragedia del 17 de marzo y que aparecen entrometidos en algunos cuentos. Ellos, los de la ficción o los de la realidad, procuran quemarlo todo.
Pero las letras, no. Nunca podrán”.
 

Fuente: http://www.nuevasion.com.ar/sitio/nuevasion/MostrarNoticia.asp?edicion=42&seccion=22&noticia=1798

LEA Y FIRME NUESTRO LIBRO DE VISITAS

VOLVER a la página principal de "Agenci@ EL VIGÍA"