Enrique González Tuñón
Periodista, escritor, poeta

"Tenía la llave de la calle. ¡Salúdenlo!"

"Cuando yo muera no planten un sauce en mi tumba, planten una máquina de escribir." La frase pertenece a Enrique González Tuñón, el más porteño de los cronistas de Buenos Aires, según la definición de quien más lo conoció y amó: su hermano Raúl. Precisamente a Raúl González Tuñón pertenece la síntesis de esta semblanza que él tituló Mi hermano Enrique, en la que se traza el perfil y la trayectoria de quien fue, como periodista, escritor y poeta, uno de los pilares de la cultura popular. Camas desde un peso, El alma de las cosas inanimadas y La calle de los sueños perdidos figuran entre sus obras.

Allá por la verde lejanía de los años, cuando se inicia mi aventura escolar primaria, comienza a funcionar con más claridad mi capacidad de recuerdo. Entonces la plaza Once -nacimos en el barrio de ese nombre, al sur - era un verdadero parque, boscoso, denso. Veo a mi hermano Enrique caminando entre los altos y anchos árboles o sentado en un banco, leyendo. Él tenía 10 años, me llevaba cuatro. Yo lo seguía y admiraba. Una vez, evocando aquella época, me confesó, desolado, que entonces yo lo fastidiaba. Puede ser, pero ya cuando ingrese tras él al diario Crítica -una etapa apasionante, un fenómeno periodístico extraordinario, algo decididamente no superado - parecíamos una sola persona, coincidíamos en todo. En adelante me estimuló, me ayudó, aun desde lejos y hasta su último aliento.

En 1922 comenzó Enrique su carrera periodística en un semanario llamado El Noticiero. En 1923 colaboró, y yo también, en la revista literaria Inicial, y en la popular Caras y Caretas, Al siguiente año adherimos al movimiento Martinfierrista, o de Florida, colaborando en el hoy legendario periódico Martín Fierro, en la revista Proa, de Ricardo Güiraldes. Aquí publicó Enrique sus notables imágenes de Brújula de Bolsillo, y en el periódico sus epitafios fueron los más mordaces durante la guerrilla literaria.

Enrique hizo muchas veces galas de sutil ironía, de ingenio agudo y en ciertos casos urticantes. Este hombre tan fino, tan flaco, tan bondadoso era implacable cuando se trataba de fustigar a un canalla o a un pacato hipócrita. Alternaba una efusiva cordialidad y su comunicante ternura con una gracia zumbona en las sobremesas, por momentos con rasgos de humor negro. Durante una de mis visitas a Cosquín, donde estaba haciendo reposo, me presentó a su buen amigo Marimón (Domingo), luego popular corredor de automóviles, el cual era entonces dueño de una empresa de pompas fúnebres. Marimón me abrazó efusivamente, mientras mi hermano se burlaba: "No te engañés, Raúl, Te está tomando las medidas...".

A principios de 1925, liquidado El Noticiero, pasó a Crítica. En gran parte, gracias a él, se enriqueció el contenido de ese diario precursor. Eran los días del esplendor de la metáfora Martinfierrista y al escribir nos apartábamos de sobados moldes tradicionales. Como lo señaló César Tiempo, con la entrada de Enrique González Tuñón a Crítica la noticia conquistó la cuarta dimensión, el arrabal tomó posesión del centro; la prosa municipal y espesa de los gacetilleros se hizo luminosa y abigarrada; la metáfora tomó carta de ciudadanía en el mundo de la información, se empezó a escribir como Enrique, a jerarquizar lo popular, el tango, cuyo primer exegeta culto fue Enrique.

Fueron asimismo muy difundidas las incontables glosas a las letras de los tangos que iban saliendo, las unas dramáticas, las otras rozando la sátira, lo jocoso. Algunas de éstas, suerte de cuento-comentario, digámoslo así, fueron reunidas en libro. Manuel Gleizer los publicó con el título Tangos(1926).

En 1931 pasó a Noticias Gráficas, empezando a colaborar en el suplemento literario de La Nación, que entonces consagraba. Años después interesaron vivamente sus colaboraciones periódicas en El Mundo, En este diario, el primer tabloide -fue Natalio Botana quien lo ideó a pedido de Muzzio Sáenz Peña pues inicialmente esa publicación, al estilo pesado de La Prensa, había fracasado aparecieron sus últimos trabajos literarios, admirables poemas en prosa, donde brillaba el juego de la ironía y de la ternura; algunos integraron luego su postrer libro La calle de los sueños perdidos.

Más que un fin, el periodismo fue para él un medio, pero lo ejerció fervorosamente. Fue el cronista magistral de la ciudad. Él y yo conocíamos y amábamos todos sus barrios, aun antes del ingreso a Crítica, incluido Boedo, donde teníamos buenos amigos; de ahí que algunos cronicones nos ubiquen en el grupo del mismo nombre. Por sus calles anduvimos muchas veces con Nicolás Olivar¡, Roberto Arlt, Santiago Ganduglia, Carlos de la Púa, el actor Pedro Zanetta, el comediógrafo González Castillo, padre de Cátulo, y entusiasta animador del Ateneo Popular de Boedo.

Mi hermano leía ávida y desordenadamente, como yo, desde la niñez. Citaba a menudo a Quevedo, el de El buscón, a Dickens, Chéjov, Bret Harte, Gorki, el Payró de El casamiento de Laucha, y a Ángel Ganivet, Lord Dunsany, Charles Louis Philippe, Rafael Barret, Katherine Mansfield, Zola... Como cuentista, abordando con maestría el más difícil de los géneros literarios, nos legó libros definitivos, El alma de las cosas inanimadas, La rueda del molino mal pintado, El cielo está lejos.

Manejó el idioma madre plena y hermosamente cuando fue necesario, mas detestaba a los cursis que pretenden abolir el uso del che y el vos, hasta en el íntimo dialecto de lo familiar. Con igual señorío utilizó las derivaciones populares porteñas en la lengua. Y en parte de Camas desde un peso y de varios cuentos encontramos el cabal enlace de ambas maneras.

Fue el primero en incorporar vocablos y dichos de la jerga pop lunfarda de los años 20 y no sólo en las glosas de tangos. Camas desde un peso es la novela porteña por antonomasia. Su segunda novela, El tirano, igualmente original pero de técnica opuesta, también realizada al margen de la fórmula estricta tradicional. -planteo, desarrollo, solución - es una muestra de agudo realismo crítico. Un libro curioso es asimismo Las sombras y la lombriz solitaria, serie de impactos periodísticos-literarios con predominio del expresionismo crítico. Y ahí está ese otro hallazgo suyo Apologia del hombre santo, extenso y palpitante poema en prosa, emocionado panegírico de nuestro muy querido Ricardo Güiraldes.

Tengo presente nuestro último encuentro en Mendoza, a comienzos de 1943. Enrique venía de Cosquín y yo de Santiago de Chile, donde residía desde el año 40. Enrique estaba esperándome en el aeródromo y al descender yo del avión no perdió la oportunidad de decir algo que rompiera la tierna solemnidad del instante del abrazo: "Estamos como Roosevelt y Stalin...". Lo hallé febril, agotado. Varías veces había vencido su mal-, viajaba a la paz de su luminosa casa de Cosquín, al aire puro. Me pareció que estaba como apurando a la muerte. Le rogué que se cuidara, que no hiciera tonterías. No lo vi más. Recuerdo su mano espléndida dibujando un ademán náufrago en el vacío, y caer sobre el pecho como un pájaro herido.

Sí, sí, Enrique, en este largo viaje hacia la verdad que es la vida estamos rodeados de zonas desconocidas, de lo que generalmente llamamos misterio por comodidad o ignorancia, y debe ser algo muy real Aún no plantamos la máquina de escribir en tu tumba pero estoy seguro de que un día, en el muro de la casa del barrio donde nacimos, mejor dicho, en la pared de un feo edificio sin historia que ahora se alza allí, sin el patio, sin el níspero, podrán leerse estas palabras grabadas en el bronce: En este sitio estaba situada la casa de la infancia de Enrique González Tuñón, el más porteño de los cronistas de Buenos Aires. Partió a una zona desconocida el 9 de mayo de 1943. No era un general, no era un primer ministro, pero era un artista, era un poeta, tenía la llave de la calle. ¡Salúdenlo!

Fuente: http://www.lamaga.com.ar/php/archivo.php?accion=Nota&id=4865 

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