Koonek y los Pájaros

Fruto del Calafate
Fruto del Calafate
Flor del Calafate
Flor del Calafate

 

Leyenda de la provincia de Chubut sobre el origen del calafate.

Una tribu de indios, cansada de sufrir año tras año los estragos causados por los terribles vientos invernales, decidió levantar campamento y buscar un valle más protegido para instalar allí su toldería.

El día que todos estuvieron preparados para partir, se dieron cuenta que nadie sabía dónde estaba la viejita Koonek. Pequeña y frágil, siempre corría de acá para allá, ayudan- do en donde hacía falta. Algunos decían que era bruja y que había vivido desde que el mundo era mundo, los más viejos, recordaban vagamente haberla conocido joven y hermosa.

La gente de la tribu comenzó a buscarla por todas partes y al fin la encontraron escondida detrás de una roca.

- ¿Qué sucede Koonek? ¿No vienes con nosotros? - le preguntaron.

- Déjenme aquí. Los quiero a todos, pero ya estoy muy vieja para cambiar de lugar. Me las arreglaré bien. No se preocupen por mí.

- Pero te vamos a extrañar y no podemos dejarte sola en el aike.

- Vuelvan el próximo verano y verán que todavía camino por esta tierra.

Habló con tanta tranquilidad que convencidos le dejaron algunos enseres, una buena piel de guanaco y comida para unos cuantos días. Después se fueron y la anciana quedó sola en su toldo. El silencio descendió sobre el lugar y Koonek con sus pasos livianos fue juntando raíces y hierbas comestibles para tener más provisiones durante el invierno.

Y un día llegaron los pájaros. Primero fue uno solo, todavía pichón y atrevido, que se acercó a la viejita. Ella lo observaba inmóvil, mientras el pequeño se aproximó más y más. De pronto se asustó de su audacia y fue volando a contar esa aventura. Cuando sus padres se enteraron le dieron un buen picotón por ser siempre tan imprudente, pero el pajarito decía, que ahí no había peligro.

Tanto insistió que los convenció al igual que a los otros pájaros del lugar. Intrigados, la observaban a distancia, después fueron tomando confianza y terminaron volviendo todas las tardes; la rodeaban y le contaban sus aventuras. De tanto escuchar a los pájaros, Koonek comenzó a entender lo que le decían, así que eso fue un parlotear y canturrear que llenaba el aire de sonidos.

El preferido de la viejita era aquel pichón que la había visitado primero. Shehuen (así lo llamaba) era muy travieso y sus padres siempre se preocupaban cuando tardaba en regresar al nido. Muchas veces había vuelto piando asustado para refugiarse sobre el hombro de Kooneck, que le hablaba, tranquilizándolo, mientras él le picoteaba suavemente la oreja.

Tan entretenida estaba la viejita con sus visitantes que no se dio cuenta que los días eran cada vez más cortos y el viento más frío. Los pájaros empezaron a hacer sus preparativos... y una mañana también ellos partieron.

Ese atardecer Koonek se sintió sola por primera vez. Miraba a lo lejos como tratando de acompañar con la imaginación a sus amigos en el largo viaje que debían recorrer. De pronto vio un punto en el cielo, una manchita, que se fue agrandando cada vez más y, como caído de las nubes, allí estaba Shehuen frente a ella, piando con gran desesperación:

- ¡Me perdí, me perdí! Pasábamos por un arroyo, bajé a tomar agua y cuando me di vuelta, ya no quedaba nadie. Mis padres iban adelante. ¡Cómo se van a asustar cuando no me vean!

Koonek también estaba asustada. Sabía muy bien, que una vez comenzado el invierno, no había manera de alimentar a un pájaro. La nieve cubría la tierra, los bichitos se ocultaban y al no tener comida era aún más difícil resistir el frío. Ella misma no sabía si podría sobrevivir, pero quería salvar por todos los medios a Shehuen. Toda la noche estuvo pensando, con el pajarito acurrucado a su lado y de pronto se sintió tan feliz de tenerlo allí, que tuvo la certeza que lo salvaría.

Cuando despertó por la mañana y se asomó fuera del kan, vio que habían caído los primeros copos de nieve... y de pronto miró a los arbustos. Estaban allí desde siempre con su follaje tupido, sus espinas. ¿Por qué no tendrán alimento para los pájaros?, pensó llena de tristeza, mientras de sus ojos comenzaron a caer gruesas lágrimas que cayeron sobre uno de esos espinillos. Maravillada vio como cada lágrima se convertía en una pequeña fruta morada. Miró a su alrededor y como si una varita mágica tocara los arbustos, en cada uno se iba repitiendo el mismo milagro.

-¡Shehuen, Shehuen! - llamó la viejita Koonek alborozada -. ¡Ya tengo alimento para ti y para tus amigos cuando vuelvan!

El pajarito salió volando fuera del kau, se posó sobre un arbusto y comenzó a picotear los frutos con alegría.

Repentinamente el aire se llenó de sonidos y ahí estaban los padres de Shehuen, acompañados por algunos pájaros más. Cuando vieron a su hijito sano y salvo, lo cubrieron con sus alas y se quedaron un momento en silencio. Después volaron alrededor de la viejita Koonek, mientras todos querían contar sus cosas al mismo tiempo, Shehuen de cómo se había perdido, sus padres del susto que se llevaron al no verlo y la viejita, de que ahora podrían quedarse, ya que los arbustos del lugar estaban cubiertos de frutos.

Por supuesto que el pajarito no se salvó de un buen reto, pero poco después olvidados de los malos ratos pasados, todos se dieron un gran festín y decidieron quedarse a acompañar a la viejita.

Cuando comenzaron a derretirse las últimas nieves, volvieron los hombres de la tribu para visitar a Koonek. Sucedió lo que ella les había dicho: todavía estaba caminando sobre la tierra y parecía rejuvenecida, rodeada de pájaros que le hacían compañía. Saludó alegremente a sus amigos y les mostró los arbustos.

En recuerdo de Koonek ese arbusto se llamó calafate y dicen que aquel que come calafate se queda en el sur o vuelve inevitablemente.

Koonek: Calafate
Shehuen: Sol
Aike: Campamento
Kau: toldo

Material enviado por el lector Raúl Pardorapardo24@hotmail.com

Fuente:http://ar.geocities.com/argentinamisteriosa/

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