LA ESCALERA
Por Dante López Foresi
(Sobre poema "La Escalera", de Silvio Rodríguez, en cursiva)

Iba silbando mi trino
Por una calle cualquiera
Cuando a un lado del camino
Me encontré con la escalera

A menudo nos sucede. Ciertas escaleras que prometen visiones distintas y sorprendentes. Escalas que nos alejan de lo insoportablemente conocido y nos anuncia la llegada a la meta.

Era una escala sencilla
De rústico enmaderado
Desde la calle amarilla
Hasta el rojo de un tejado

Todo se nos presenta intolerablemente seductor. No podemos resistir la tentación de subir...de colocarnos por encima de quienes jamás se animarían a trepar. O de quienes convierten el acto de trepar en su indigno oficio.

¿Qué se verá desde el techo?
dijo la voz de lo extraño
y sin meditar el trecho
le puse afán al peldaño.

Siempre existe una voz interna que comienza a monologar con argumentos por demás sólidos. Excusas del demonio que confunden dentro nuestro los significados de ambición y codicia. Y sobrevolando...siempre....el Poder. Esa fábula que nos presentan como tan bella quienes no han conocido el amor.

La brisa me acompañaba
en el ascenso del alma
y mi camisa volaba
junto al sinsonte y la palma.

La sensación es placentera. La subida siempre es placentera. Es tan mágica como irreal. Y hasta llegamos a creer que solo nosotros podemos escalar sin sobresaltos. Nos parece un misterio onírico, el cual nos hace sentir que viajamos dulcemente acompañados por palmas amistosas en nuestros hombros (no precisamente las mismas palmas del poeta) y por el trinar de pájaros que -durante el viaje- solo vuelan por y para nosotros.

Mientras más ganaba altura
la calle me parecía
más pequeña, menos dura
como de juguetería.

Todo se empequeñece y se hace vulnerable ante nosotros. Los gigantes del pasado dejan de quitarnos el sueño. Los pequeños de hoy, nos invitan a aplastarlos dulcemente.

Y sucedió de repente
que después de alimentarme
con la visión diferente
sólo quedaba bajarme.

¿Dónde más se puede llegar si la escalera tiene un fin tan asfixiantemente previsible?. ¿Dónde habrá quedado la ilusión de lo infinito e ilimitado que soñábamos en nuestra adolescencia?. ¿Quiénes nos esperarán debajo de la escalera cuando lleguemos nuevamente al camino y las cosas recuperen su tamaño real y el que nosotros le adjudicamos, que siempre suele ser mayor?.
¿Aprendimos ya que la única escalera que nos permite subir sin límites y disfrutar de las alturas es la de la sabiduría de los años?. Subir no es escalar hacia el lugar donde lo ajeno nos parece pequeño y lo propio, inviolable y poderoso. Subir es elevarse hacia otros sitios. ¡Por Dios!. Qué difícil se hace definirlo. Tal vez baste con recostarnos al lado de quien amamos, y muy lejos de escaleras tentadoras. La mirada de nuestros hijos suele ser la mejor guía. ¿Se entiende mejor ahora?. Si. Todo se entiende mejor a través de la mirada de un hijo. En fin. Caminemos nuestro camino sin distraernos con escaleras tan imperfectas. El desafío de treparlas será solo una pérdida de tiempo en la búsqueda de la verdadera altura. Una distracción mediocre para evitar la verdadera lucha por sentir el bello vértigo de la dignidad y el amor. ¿O acaso no cree usted que esas alturas de la vida sin escaleras están repletas de tejados rojos, de brisa compañera y de pájaros aliados? Tal vez al final del camino escuchemos sus trinos. Quien sabe.