La leyenda del Auca Pan

Ese es el Cerro Auca Pan: significa puma bravío. Pan,
apócope de pangui (puma) y aucá (bravío).
Allí está como una esfinge mirando hacia el Oeste, hacia el Lanín. Sus patazas están como apoyadas sobre esos morros vecinos; su garra derecha aprieta al Cerro Chico como si fuera una presa.
¿Cuándo subió allá ese puma ? Hace muchos años. Casi no se tiene memoria. Fue después de un Parlamento que tuvieron el Caicai, dueño de las aguas y el Tren Tren, dueño de los cerros. Todo terminó en un desafío mortal.
Caicai desató un diluvio que anegó toda la zona, desde el Santa Julia hasta Pilo Lil. Todos los animales y los pájaros iban pereciendo. Era una lucha sin cuartel para defender la propia vida.
Los cerros quedaron cubiertos. Sólo se distinguía uno que, a medida que subían las aguas, iba creciendo más y más. Era el Cerro sagrado del Trentrén que ofrecía la salvación .
Zorros, liebres, hurones, nutrias, mulitas, gatos-montes, guanacos, ciervos jabalíes y un puma que andaba alzado, se hicieron a la conquista del Cerro salvador.
Allá fueron trepando. El agua seguía brotando como fuente y seguía creciendo y los zorros, las liebres, los hurones y las nutrias, los gatos, los guanacos y los ciervos, fueron perdiendo terreno, porque sus fuerzas se agotaban y porque el puma con sus garras y el jabalí con sus dentelladas los obligaba a desertar.
El dominio de la cima iba a jugarse a cara o cruz en un sangriento duelo: garra contra dientes, fauces contra dentelladas, fuerza contra velocidad.
Los zarpazos del puma terminaron con el jabalí: su cuerpo mezclado con otros tantos despojos comenzó a bambolearse sobre la línea del agua que se iba como durmiendo.
Caicai hizó la bandera de la victoria y trazó sobre el cielo el signo heptadigital del arco iris.
Tretren irguió la cabeza del cerro un poco más, y le puso como aureola una nube negra como un cintillo de duelo.
El puma estaba exhausto. Vencedor agotado por el esfuerzo de la refriega se echó para dejarse morir. Acomodó su cuerpo, estiró las patazas y se quedó para siempre.
Una nevada lo amortajó al atardecer. Luego en el cielo se encendieron los cirios velatorios de unas estrellas. Dos cuervos que volaron desde la cordillera graznaron lúgubremente un réquiem.
Nadie inhumó al puma bravío. El tiempo lo eternizó en piedra.
Algunos afirman que su cabezota se enrojece en las tardes de otoño y comentan que es una herida que en la última pelea le hiciera el jabalí con una dentellada.
Pero allí está para siempre: allí en el Cerro Auca Pan.

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