LEANDRO N. ALEM 

En palabras de Félix Luna "Hijo de un hombre de acción de Rosas fusilado después de Caseros", Alem infundió a su partido las tensiones de su atormentado espíritu. Para el pueblo común, Alem era la contrafigura de los próceres del régimen. Pobre, austero, principista, incapaz de acuerdos o flexibilidades; marcaba de modo tajante la acusación contra un sistema que si había promovido la prosperidad del país, carecía de articulaciones éticas por su idolatría al progreso y el sensualismo de su estilo.

Pellegrini dijo del radicalismo que, más que un partido era un temperamento. Algo de cierto había en esa apreciación. Pero a ese temperamento hay que sumar en la prédica de Alem su insistencia en hablar de los "desposeídos".

Gabriel del Mazo relata lo siguiente, "Frente mismo a casa, calle Cuyo 1752 (después Sarmiento), vivía Alem y con él su hermana Tomasa y sus sobrinos Hipólito y Martín Yrigoyen. Era una de esas casas típicas del Buenos Aires del siglo XIX, que alcancé a conocer antes que la demolieran en este siglo. (...) Pude conocer por las referencias de mi padre, tíos y tías y primos mayores (que según las épocas, vivieron en el 1757 o en el 1755), los pormenores de la vida de Alem, sus modalidades, el movimiento de su casa y el acontecimiento de su muerte.

Barba negra hasta entrada la década de los 80, y muy blanca después. El cabello totalmente blanco desde el 90. Estatura no muy alta; cuerpo delgado. Saco largo como media levita y todo el traje negro, la camisa blanca almidonada, la corbata blanca, la galera de felpa, que desde el 90 sustituyó al chambergo, ligeramente requintada y ligeramente ladeada. Extraordinaria pulcritud. Rostro pálido. Mucho mate, hasta en la puerta de la calle. Ahí se paraba un rato al salir y al llegar, tocaba el aldabón para que la muchachita le trajera el amargo.

La cuadra se alborotaba cuando lo veía, y algunos de los que pasaban por su vereda conversaban con él. Los chicos eran su debilidad y nunca faltaba su ayuda de lápices y cuadernos, o algún dinero a la madre. Por la puerta pasaba el tranvía "de a caballo". (...) Si Don Leandro estaba en la puerta, el conductor iba frenando, deseoso de que el Doctor Alem lo individualizara, y si la operación era ajustada sacaba su chambergo o gorrita saludando, y Alem contestaba con su galera. Todos los pasajeros lo saludaban. Otro mundo.

Como sucedió en los tiempos que vivía en Balvanera, (donde lucho por años y entre balas dirigió batallas de defensa del sufragio contra soldados del gobierno disfrazados y sin disfraz), Alem se aquerenciaba con el barrio, que se le volvía una especie de pequeña patria de amigos. Aún por motivos políticos generales, prefería reunirse dentro de él, como si fuera una capital. Así con los cafés y así con los actos cívicos, para los que, cuando se mudó a esta calle Cuyo de la Piedad, frecuentemente usaba la Casa Francesa, como le decían, salón que quedaba en la manzana de mi casa, Rodríguez Peña entre Cuyo y Corrientes (números pares), todavía existente; la Casa Suiza que está todavía en la misma Rodríguez Peña entre Cuyo (Sarmiento) y Cangallo; el salón de la calle Cangallo entre Rodríguez Peña y Callao, y el Teatro del Recreo, Libertad entre Cuyo y Cangallo.

Era el consejero de los vecinos, de las cosas grandes y de las chicas, de las personales y de las colectivas. Como abogado era un perpetuo defensor de pobres, de la gente sin un peso.(...)


Cuando murió, el desfile fue interminable, particularmente, durante las noches del 1 y 2 de julio de 1896. "El viejo" joven de canas y barbas blancas moría con solo 54 años. Las tropas formaron al pie de la vereda de mi casa, es decir, frente a la casa de Alem, y doblaban por Callao hacia la recoleta. (Alem era Senador Nacional por la Capital, en ejercicio). Al retirar el féretro de la casa, el día 3 desde la mía se vio la escena: Hipólito Yrigoyen y Roque Saenz Peña llevaban la cabecera. Un símbolo 

Fuente: http://www.historiadelpais.com.ar/bio.php?id=5 

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