La Manka Fiesta

Ofrenda

 

Por Francisco Zamora

Todos los miércoles de Semana Santa, muchos hombres y mujeres de lejanos parajes, llegan a un humilde santuario construido en el Abra de Punta Corral. En ese sitio, a cuatro mil metros de altura, en el lugar más elevado del camino de herradura que une la Quebrada de Humahuaca con el valle del Zenta, sacan una imagen de la ermita, la colocan en una cibiaca muy ornamentada y bajan hacia Tilcara. Caminan muchas horas, turnándose para cargar las andas, formando una hilera de trajes multicolores que se estira por el borde de la fabulosa Garganta del Diablo, ese increíble tajo que atraviesa el cerro que asciende detrás del pucará.

Esa imagen, que representa a la Virgen de Punta Corral, queda en la Iglesia de Tilcara hasta que la procesión del Viernes Santo sale con ella por las calles del pueblo. Entretanto, en Tumbaya, cuarenta kilómetros al Sur, los fieles se arrodillan ante la misma imagen durante los ritos del sagrado martirio. Y en esta confusión, que causó alguna vez una polémica entre los creyentes de Tilcara y Tumbaya, hay una increíble historia de amor que el paso de los años fue transformando en leyenda.

Fue a fines del siglo XIX -dicen- cuando Méndez, un devoto de la Virgen cuyo nombre nadie recuerda, fue hasta el Perú y compró una imagen que trajo a lomos de mula hasta su casa, un rancho de adobes recostado contra los farallones cercanos al Abra de Punta Corral. Y dicen también que solamente para eso anduvo Méndez la enorme distancia.

Una vez en Perú, posiblemente trató con algún alumno de Yupanqui, aquel mítico imaginero que talló la imagen de la Virgen de Copacabana, el mismo que elaboró amorosamente las formas de la Virgen de La Candelaria, esa hermosa imagen que veneran hoy los humahuaqueños. O tal vez negoció con algún otro, no se sabe con certeza, pero es evidente que las tallas parecen hechas por las mismas manos. El caso es que Méndez vino con la imagen, le construyó una ermita y dedicó su vida a cuidarla. Es decir, para calificarlo a la manera de los collas, Méndez se convirtió en "esclavo de la Virgen".

Poco a poco el culto por la Virgen de Punta Corral se fue extendiendo, al punto que la devoción de la gente empezó a arrogarse la propiedad de la imagen en diferentes sitios. Sin embargo, Méndez era de Tumbaya. Y hacia la Iglesia de Tumbaya bajaba con la imagen en las semanas santas.

Sus hijos y luego sus nietos, esclavos de la Virgen a su vez, siguieron el culto paterno, aunque la llegada de otras imágenes, la extensión del culto y esa sensación de propiedad dictada por la veneración, hizo que en varios pueblos se elevaran preces a "la verdadera imagen de la Virgen de Punta Corral". Pero no hay mal que por bien no venga. Fue precisamente esa polémica, al hurgar en los orígenes, la que echó luz sobre la historia de Méndez. Y la que ayudó a saber con precisión que la imagen original está ahora en Tumbaya. No obstante, el culto se mantuvo intacto y fue ganando cada día nuevos adeptos en Tilcara, adonde llegan anualmente miles de personas para participar en los actos en las ceremonias en su honor.

EN YAVI

Humahuaca, sede del obispo Pedro Olmedo, cuya prelatura alcanza a todos los departamentos del Norte jujeño, así como loas parroquias salteñas de Iruya y Santa Victoria Oeste, es el eje natural de los cultos católicos en toda la región. Pero Humahuaca, situada en el centro neurálgico del tráfico comercial entre la frontera con Bolivia y la capital de Jujuy, fue perdiendo paulatinamente las características distintivas de sus formas litúrgicas. Su modo ancestral de demostrar la fe religiosa fue cambiando, perdiéndose en el fárrago de las corrientes que iban y venían por la carretera y las vías férreas.

En otras palabras, Humahuaca abandonó sus antiguas costumbres, se modernizó, perdiendo con ello algunas de las tradiciones heredadas de los primeros misioneros. En cambio, en Yavi, un pueblo alejado de la ruta principal, de pobres recursos, marginado, las viejas maneras que adaptaron los ritos aymaras al catolicismo se mantienen todavía con una gran pureza. La Semana Santa en Yavi se limita exclusivamente al Viernes Santo. El jueves, sábado y domingo, los ritos no tienen realce.

Es que la Pasión, para un pueblo que soporta el calvario como forma de vida cotidiana, no puede tener la trágica importancia que le damos los demás. Para un pueblo que ciñó una corona de espinas al mismo tiempo que el inca Atahualpa sucumbía en el cadalso de Francisco Pizarro, el martirio no es una novedad. La muerte, por el contrario, en tanto ella tiene de desgarramiento y de misterio, sigue siendo un abismo que nadie puede contemplar sin quedarse absorto. Así, los yaveños también se duelen por la muerte de Cristo, pero se conduelen a su modo, rindiéndole honores de cacique muerto, entonándole las milenarias canciones fúnebres que despidieron siempre a los grandes de su raza.

Cuando llegaron los misioneros, reunían a la gente para enseñarles la doctrina en los días anteriores a la Semana Santa. Luego, algunas personas se hicieron cargo de esa labor recibiendo por extensión el nombre genérico de "doctrinas". Conducidos por estos "doctrinas", cientos de fieles acuden desde parajes que en algunos casos distan más de cincuenta kilómetros, para reunirse a las puertas de la Iglesia de Yavi.

Toda la noche cantan un monótono réquiem que eriza los cabellos. Y hora tras hora, toda la noche, salen del templo y recorren las callejuelas de los alrededores haciendo oscilar las luces de sus velas dentro de las armazones de papel que las protegen del viento. Y no silencian la estremecedora letanía hasta que sale el sol. Entonces vuelven a sus hogares caminando días enteros entre los cerros.

LA MANKA FIESTA

Sin embargo, no todos regresan. Muchos de ellos, conduciendo sus recuas de burros o de llamas, se reúnen en el mismo Yavi, en La Quiaca o en Abra Pampa, para celebrar la Manka Fiesta. Es la "Fiesta de la Olla", la congregación general de puneños para el trueque de productos. Han terminado las cosechas y hay que cambiar los excedentes por las mercaderías y objetos necesarios. En la Manka, cuya máxima expresión se concreta en Abra Pampa, los alfareros trocan las ollas y pailas que dan su nombre a la reunión por charqui, frutas y telas. Los salineros, que cortaron panes de sal en las Salinas Grandes, más allá de la laguna de la guayata, a una semana de camino, cambian su sal por ollas y nuevos ponchos.

Desde hace pocos años también se realizan algunas transacciones por dinero, pero en general se opera por medio del trueque. Vienes desde Lípez y el valle del Tojo, en Bolivia; del valle de San Andrés, vecino a Orán; de Rinconada y Cochinoca, de Orosmayo y de Pirquitas, de todos los parajes existentes a cien kilómetros de Abra Pampa. Se encuentran en la Manka todos los productos de la tierra y de la artesanía puneñas. Y todas las comidas típicas, todos los instrumentos musicales y el rezago del contrabando en pequeña escala. Este último reducido a las pequeñas radios de transistores, cuchillos y baratijas.

Mientras dura la Manka, la extensa sabana que rodea a Abra Pampa se cubre de colores vivos. Es que la exageración en el color es casi una necesidad física para el puneño. Es un impulso natural del hombre que vive en una inmensidad ocre, en un paisaje de tonos apagados. Y entonces usa los lilas, el añil, el verde clorofila, el escarlata y el celeste en combinaciones que resultan insólitas para los foráneos. Abra Pampa, así, se convierte en un jardín fugazmente. A los tres días el trueque ha sido hecho y Abra Pampa se vacía. La árida extensión recobra entonces su silencio y su eterna soledad.

Fuente: Revista NEXO Nº 51, Domingo 27 de abril de 2003.

Fuente: http://ar.geocities.com/argentinamisteriosa/manka.htm

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