El Saludador

Aquellos que creían que ser el séptimo hijo varón de una familia implicaba necesariamente la maldición de convertirse en lobizón, en realidad no conocen esta creencia nacida en la España medieval y adoptada en nuestras tierras.

El saludador recibía sus poderes sobrenaturales desde el mismo momento de la concepción. Como ya hemos dicho, debía ser el séptimo hijo de una familia que solamente hubiese engendrado varones, pero también podían llegar a serlo quienes nacían en la noche de Navidad o Viernes Santo. Estos niños poseían una marca distintiva: una cruz en la bóveda palatina, que le confería a su saliva un gran poder terapéutico. En Vizcaya y Galicia se creía que también las séptimas hijas podían llegar a ser saludadoras o brujas.

Los poderes de los saludadores eran asombrosos. La cruz en su paladar confería virtudes antirrábicas a su saliva y aliento, por lo que los aplicaba sobre las mordeduras mientras recitaba conjuros y oraciones. Algunas versiones decían que debía también orinar sobre las heridas, o incluso poner aceite hirviendo en su propia boca y dejar que goteara sobre la lesión. Esto último, que en principio puede parecer sorprendente, en realidad era un hecho menor, ya que sus poderes incluían el dominio sobre el fuego. Los saludadores podían caminar sobre las brasas sin quemarse, hundir las manos en aceite hirviendo, entrar en un horno encendido, tomar un hierro candente con sus manos, o alojar en su boca un tizón encendido. Tan notorias eran estas capacidades en el caso de Fulgencio de Sevilla que, luego de haber sido acusado de prácticas supersticiosas por la Santa Inquisición, tomó con sus pies y manos una barra de hierro al rojo vivo para luego lamerla. Ante una prueba de tal magnitud, el Regidor le otorgó el título de Saludador Oficial de Murcia en 1696.

Pero los poderes de estos hombres extraordinarios no terminaban allí. También tenían la capacidad de amainar las tormentas y el granizo, por lo que eran especialmente apreciados en la campiña.

La Iglesia no tuvo una posición unificada frente a los saludadores. Si bien en algunos lugares eran perseguidos por el Santo Oficio, en otros eran aceptados y, provistos de una licencia obispal, prestaban servicio junto a los médicos. En realidad, el problema surgía porque no existía acuerdo sobre el origen de sus poderes.

Sus defendores sostenían que estos poderes curativos eran otorgados por Santa Quiteria, virgen y mártir gallega del siglo I. Quiteria era hija de un gobernador romano, única sobreviviente de un parto de nueve niñas. Se cuenta que en su juventud huyó para evitar ser desposada, pues deseaba mantener su virginidad. Su padre ordenó al prometido que la persiguiese, pero era tal el despecho del joven que cuando la encontró mandó decapitarla. Ante la sorpresa de todos, el cuerpo de Quiteria se levantó, tomó su cabeza bajo el brazo, y caminó hasta el lugar que ella misma había elegido para su tumba. Desde el siglo II fue venerada como protectora de la rabia, pues se decía que infundía serenidad y dulzura a los atacados por esta enfermedad.

Otros creían que la cruz del paladar era la prueba visibles de un pacto con el Diablo, y según esta teoría el saludador era una especie de "cazador de almas" de aquellos que se acercaban a él para obtener la curación de sus males.

En el Virreinato del Río de la Plata se supo de la presencia de saludadores al menos en las ciudades de Córdoba, Tucumán y Santiago del Estero, aunque las tradiciones locales sostienen la existencia de muchos otros casos.

 

Fuente: http://ar.geocities.com/argentinamisteriosa/manka.htm

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