LITERATURA REGIONAL ARGENTINA
Hoy: Provincia de Santa Fe
 

Mateo Booz: Bajo el pseudónimo de Mateo Booz, escribía Miguel Ángel Correa, quien era nacido en la ciudad de Rosario (Pcia. de Santa Fe) en 1881. Fue periodista, escritor y político. Sus obras más conocidas son: "Aleluyas del Brigadier" (1936), "Soldados y almaceneros", "Aquella noche de Corpus" (1942), "El tropel" (1932), "La ciudad cambió de voz" (1938), "Gente del litoral" (1944), "Tres lagunas" 1953) y  "Santa Fe, mi País", libro de cuentos del que se reproduce el siguiente texto.

LAS VACAS DE SAN ANTONIO

Lindauro Gavilán miró a su mujer, que velaba junto al catre.

 -Bueno, Dositea -habló el hombre, apoyando las manos en la lona y alzando el cráneo en actitud de yacaré-, no es ya para mí la luz del día viniente. Y antes de que la vida se me vaya, quiero decirte que si no te dejo ni un cobre, te dejo algo que vale mucho más y has..de hallarlo dentro de mi tirador.

-No desvaríes, Lindauro. ¿De ande sacás que te vas a morir? -rechazó ella con la voz acongojada.

-Yo lo sé seguro... Pero no se aflija, mi vieja. Ya me ve a mí muy sosegado. Esto no es lo fiero que pinta la gente floja. Lindauro Gavilán sonrió, y al sonreír le rebrillaron los dientes entre la madeja de las barbas tenebrosas. En seguida acomodó la cabeza greñuda en la carona arrollada, igual que se acomodaba sobre su pingo para los viajes largos, y sólo se oyó en la pieza la respiración hiposa de la cuidadora y los bullicios del campo, anunciadores del alba inminente.

Sin mudar de postura ni abrir los ojos, Lindauro GaviIán cesó de existir. El resplandor de la aurora subía lentamente, en ese momento, por los adobes de la pieza, y se asfixiaba la llama humeante del velón.

Dositea Gavilán, abrazada al difunto gimió y lloró, bajo la mirada atónita de su hija Primitiva, una chinita de diez años que, despertada súbitamente, erguía el busto con un codo clavado en la cuja.

-¿Y tata? -inquirió la chinita.

-Finó, pues -repuso, lacónica, la madre.

Afluyó gente de la vecindad. Las mujeres plañeron y los hombres elogiaron las virtudes del muerto y de una caña paraguaya, reservada para las grandes ocasiones.

Al día siguiente fue el entierro.

Mal ceño ofrecía la vida a Dositea; mas ella estaba hecha a las adversidades de la fortuna. Mucho le tocó sufrir en este mundo. Lindauro Gavilán, trabajador, no siempre encontraba conchabo en los obrajes. Solía chuparse, como todos los hombres de su condición, y tenía mala bebida- Únicamente así se decidía a aporrear a las personas que más amaba.

Cierta vez, calentándose el garguero en una pulpería de Caraguatay, despancijó al capataz de una caravana de cachapés. Todos pensaban que Gavilán, sin padrinos, se pudriría en la cárcel santafesina; pero a los cuatro meses -inacabables y penosos para Dositea- reapareció por el pago, con el talante de costumbre.

Porque Lindauro Gavilán salía siempre parado de las situaciones más apremiantes. Según las trazas -y alguna vez él lo pregonó-, una voluntad misteriosa vigilaba y protegía sus pasos.

La propia confianza en la benignidad del destino impidió que lo atribularan mucho las contrariedades del vivir y que temiera los lances arriesgados. Así gozó fama en todo el distrito de Santa Lucía de hombre macho, la fama que más se estima en la región.

Francamente, Dositea no advirtió, sino dos días después de sepultado el cadáver y apaciguadas las tormentas de su Corazón, el deseo de buscar el tirador de Gavilán.

El tirador, de cuerdo crudo de vaquillona, pendía de un horcón con sus hebillas oxidadas, y en los bolsillos sólo descubrió Dositea unos botones de hueso, una ficha de La Forestal y unas plumas de ñacurutú que Lindauro usaba para hurgarse las orejas.

Todo eso era, por cierto, insignificante cosa. Y la desilusión le grababa un gesto displicente, cuando notó un bulto en la parte trasera del tirador. Lo descosió y fue a dar con un rollo de estraza, envoltura de lo que Lindauro Gavilán, listo para entregar su alma, le anunció como la mejor herencia: una figurita de pasta de San Antonio, no mayor de un jeme, desteñida y achatada por algún golpe la nariz.

La viuda contempló la imagen en la palma de la mano. La luz ruda del día no privaba a San Antonio del prestigio de la penumbra, y, viéndole una aureola de milagro, su nueva dueña vibraba de emoción como un alambre en el viento.

Ahora comprendía cuál era la secreta y arcana voluntad que amparó a Lindauro, otorgándole al fin una muerte calmosa, sin dolores ni malas palabras.

-A mí también has de ayudarme, santito lindo, santito bueno -murmuró Dositea-. Y yo te he de cuidar bien, y te encenderé siempre una luz, y te haré unas velaciones, y toda la gente piadosa de Santa Lucía te rezará con devoción y traerá limosnas, y vos, santito lindo, santito bueno, has de saber corresponder y servir según lo hiciste con Gavilán. que tanto te quería.

Rápidamente se supo en aquella zona del departamento Vera que la Gavilán poseía un San Antonio milagroso. La noticia alcanzó a los más intrincados rincones de las selvas, y de allá venían los promesantes, sangrando las caras por el aguijón de las sabandijas, para impetrar del santo algún beneficio y dejar en el platillo de los óbolos unas chirolas.

Dosítea costeó con las limosnas unas velaciones. A la presencia de la imagen se bailaba, bebía y churrasqueaba. Una orquesta de acordeón, tambor y guitarra atacaba polcas y mazurcas. Las reuniones pasaban del amanecer, a cuya hora unos devotos se iban y otros se tumbaban vencidos por el sueño, el alcohol y la fatiga, en los rincones de sombra.

Comentábanse los prodigios del San Antonio de la Gavilán. Por su intercesión había encontrado novio una vejancona de la otra banda del arroyo, La Sarnosita, y Tiburcio Riquelme, contratista de un obraje de los contornos, había recibido, después de quince años de silencio, una carta de su hijo mayor, fechada en Valparaíso.

Acrecentábase día a día la fe en los poderes sobrenaturales de la imagen. Y era, sin duda, en el corazón de Dositea Gavilán donde esa fe se amarraba más fuertemente.

A cierto hacendado del lugar le robaron por entonces una tropa de bueyes. Las diligencias policiales fracasaban. El damnificado prometió regalarle a San Antonio una vaca con crías si le indicaba el camino de los cuatreros.

Dositea Gavilán se humilló ante el santo.

-Sé condescendiente, San Antonio; sé gaucho, San Antonio; contáme para dónde han agarrado esos bandidos con la tropa; si me lo decís te daré una velación como nunca te has pensado; y si sos curtido y te empacás en no decir, voy a ponerte a obscuras y en penitencia contra la pared. Vamos a ver, santito bueno, santito lindo...

Y la mujer corrió, gritando y aspando los brazos: San Antonio, con una inclinación de cabeza, le había señalado el norte, rumbo directo al fortín de Guaycurú, Y dos días más tarde fue secuestrada la hacienda y presos los malhechores en una picada del monte, próxima a aquel fortín.

Esto multiplicó la confianza pública en la capacidad milagrosa del santo; y el hacendado hizo efectiva la ofrenda prometida.

A la vuelta de algunos años la vaca con crías se convirtió en un puñado de reses que pastaban por aquellos predios y que todo el mundo conocía por "las vacas de San Antonio".

Con la huelga revoltosa y sangrienta de La Forestal sobrevino allí una época de hambre. Parado el trabajo de los hacheros y amenazados los comerciantes por una sublevación obrera, cada cual debía proveer a sus necesidades con los métodos más primitivos.

Se carneaban entonces las haciendas ajenas; pero nadie osó sacrificar las vacas de San Antonio, las únicas que en todo el distrito escaparon a la hecatombe.

Uno solo, sí, de esos anímales sucumbió en circunstancias adecuadas para excitar la imaginación de los vecinos.

Por allí pasaba en esos días, humeando y silbando, con un vagoncito a la rastra, una pequeña locomotora de La Forestal, cuya línea económica se prolongaba hasta el lejano fortín Olmos. En ese tren se descubrían las gorras y los caños de los Winchesters de la gendarmería volante.

Y un torete guampudo, de San Antonio, saltó de improviso a los rieles. La locomotora, sin tiempo de frenar, quedó ruedas arriba, despidiendo turbonadas de vapor, mientras el vagoncito se abría y echaba de su seno las provisiones destinadas a los puestos de La Forestal avanzados entre los dos fortines.

El retén, un tanto desconcertado por el accidente, no supo impedir que esos comestibles desaparecieran como por ensalmo entre las ropas del mujerío que surgió de todos los rincones.

El desgraciado suceso se interpretó como una prueba de que el San Antonio de la Gavilán se ponía del lado de los huelguistas.

Transcurrieron unos años más. Primitiva se espigó y, en una de las velaciones, echó novio, un paraguayito, peón de obraje. Dosítea se mostró conforme, pero advirtió a su hija: -¡Encomendáte a Dios si sé algo malo!

¡Qué cosas mama! -replicó la moza.

Pero meses después Dositea, recelosa, pidió a San Antonio, que todo sabia y todo veía, la sacara de duda. San Antonio le hizo un signo irrecusable; y hosca y armada de un arreador se fue al monte con Primitiva. Y como Primitiva se obstinara en negar, la desvistió, y a cada guascazo que le mandaba con el arreador le decía:

-¡Confesá! ¡Confesá! ¡Confesá!...

Y finalmente, al rigor del castigo, confesó. .

Después de este episodio, Primitiva huyó en unión del paraguayito. Ahora viven en Colmena.

Dositea Gavilán habitaba sola su rancho. Ya hacía varios años de la muerte de Lindauro y cuatro meses que Primitiva levantó el vuelo.

En el platillo de San Antonio siempre caían monedas y mugrientos papeles de a peso, que no faltaron ni en épocas de mayor escasez, según fueron los días sombríos de la gran huelga de La Forestal.

Las limosnas las invertía Dositea escrupulosamente en los servicios del culto. Y así las velaciones se efectuaban cada vez a más cortos intervalos, con abundancia de beberaje. Las reses para esas fiestas había que comprarlas o esperar que algún devoto pudiente las donara. Alguien propuso carnear con ese destino las vacas de San Antonio; pero cometería sacrilegio quien tocara a esos animales con su cuchillo. El jefe del apeadero ferroviario sostenía, socarrón, que si la peste no diezmaba esas vacas, San Antonio tendría, con el andar del tiempo, un rodeo tan populoso que rasaría los pastos de todo el norte santafesino.

También con las limosnas había adquirido unos bramantes, a guisa de manteles litúrgicos, y unos floreros de vidrio rizado que improvisaban a la imagen un retablo.

Pero la racha próspera de San Antonio no alcanzaba a su custodia.

Dositea Gavilán sabía pelear con el hambre. Nada para entretener el estómago como los cimarrones,  y sorbiendo la bombilla pasaba días tras días. Verdad que en las velaciones de San Antonio se procuraba un desquite, churrasqueando fuerte, ingiriéndose, a título de bajativos , innúmeros vasos de caña.

Por entonces recibió una carta, acaso la primera de su vida. Se la leyó el jefe del apeadero ferroviario. En ella Primitiva le pedía veinte pesos para pagar a la curandera de Colmena, que la atendería en el trance inmediato.

-¡Delicada la chinita! -rezongó Dositea Gavilán-. Yo nunca necesité ayuda en esos apuros.

Pero pronto, recordando el trabajo que le dio la crianza de Primitiva y aceptando lo severa que estuvo ella con su hija, reaccionó, tocada por la emoción maternal. Había que mandarle no más ese dinero, no fuese el diablo que las cosas se presentasen atravesadas.

¿Pero cómo reunirlo cuando no disponía de un centavo ni de quién se lo prestara?

Sin embargo, juzgaba indispensable socorrer a Primitiva; y presentía que, sin esa plata, su hija perecería al igual de tantas mujeres que enterraron con sus recién nacidos.

Recurrió, como en sus vicisitudes y conflictos, a San Antonio. San Antonio permaneció esta vez inmóvil en el retablo, sordo a los ruegos de la cuitada.

-Aunque vos me los mezquinés -notificó al fin Dositea, incorporándose con continente resuelto-, he de juntarme, así sea ratereando, los pesos que necesita Primitiva.

Y al pronunciar estas palabras, la vista de la mujer fue al platillo de los óbolos. Pero los óbolos no alcanzaban a la cantidad que ella quería.

Otro pensamiento temerario viboreó en su espíritu.

Esa misma mañana salió para el campo, y a la hora regresó cabestreando una vaca.

Con la res se fue a la casa de un nuevo carnicero de Santa Lucía,

San Antonio, San Antoñito -imploró luego, prosternándose ante el retablo-, no te calentés porque haya vendido una vaca de las tuyas. ¿Qué te hace?... Estos veinte pesos son para la pobre Primitiva y estos otros veinte para bolichear.  Y te prometo, santito bueno, santito gaucho, que no perderás nada; con esta plata y la que gane te haré una velacìón como no se ha visto nunca. ¡Tené paciencia!

Cercano al mediodía, Dosìtea Gavìlán salió de su rancho, después de trancar las puertas, como para una ausencia larga.

Al jefe del apeadero entregó los fondos que debía remitir por el tren de la una a Primitiva, en Colmena; y cumplida esta diligencia compró al turco Kaplán veinte pesos de yerba, azúcar, caña, velas, tabaco... que colocaría a doble precio por los ranchos y obrajes del distrito. Eso era bolichear.

Entró al camposanto. Un escalofrío le vino con la idea macabra de que los túmulos los levantaban los mismos muertos, a fuerza de hombro, desde abajo, pujando por huir.

Junto a la cruz de palo de Lindauro encendió dos velas de sebo. Humillada, rezó unas avemarías, reclamando los buenos oficios del difunto para abonanzar a San Antonio, si estaba éste enojado por la conducta de su cuidadora.

Momentos después iba por el camino polvoroso, pisando su sombra circular, como sobre una bandeja negra, El sol estival enervaba el paisaje. Y la mujer -al hombro el atadijo de sus artículos- marchaba en procura de los montes, pues sólo era posible bolichear lejos de poblaciones y pulperías.

Pasaron ocho días sofocantes, plúmbleos, radiosos, según son los días de diciembre en el norte santafesino.

Y a las luces postreras de un crepúsculo, los montes, ya tenebrosos, devolvieron a la vieja que fue a bolichear.

Dositea había enajenado toda su carga. La excursión fue fatigosa. Transitó por las abras, aventurándose a veces, para economizar trayecto, en espesuras, preñadas de peligros insidiosos. Hacía noche en las viviendas de los peones o bajo la fronda de los quebrachos, cuidándose de las víboras y arañas ponzoñosas,

Traía más de cuarenta pesos y un paquete de cirios de iglesia, que por milagro tenía un obrajero, y que encendería a los pies de San Antonio.

En torno suyo la noche se adensaba,y la ceñía como un agua de pantano. El farol rojo del apeadero de Santa Lucía brillaba a lo lejos; y caminó, ansiosa de llegar, tropezando sus pies doloridos en troncos y tacurúes.

Cruzó el caserío de Santa Lucía. El resplandor de los velones mostraba a las mujeres trasegando con las ollas, y a los hombres, inmóviles, avivando, a momentos, el ascua de sus cigarros. No se oía, como otras veces, el resoplar de algún acordeón y la bulla de conversaciones. Hasta los perros parecían concertados para no romper el silencio campesino.

Dositea se deslizaba entre las sombras, acuciada por el deseo de ponerse pronto en presencia de su santo.

Unos muchachitos que venían por el sendero gritaron, dándose a la fuga:

-¡La Gavilán!

Dositea, molesta, sin detener el paso, murmuró: -Muchachitos zonzos. ¿Qué se habrán pensado?

Entró a su rancho. Ardieron luego los cirios alrededor de San Antonio, colmado éste de oropeles y ofrendas.

-Ya estoy de vuelta, mi santito gaucho. ¿Cierto que no te has retobado?  Vos sabías mi buena intención: ayudar a Primitiva que es mi hija y necesitaba unos pesos para la curandera. De no, yo nunca hubiese hecho eso. Y vos has sido condescendiente y me facilitaste el bolicheo. Por eso voy a quererte hasta la hora de morir, igual que te quiso Lindauro. De veras que patié mucho y me fregué mucho; pero vendí todo y aquí traigo la plata. ¡Vas a ver qué velación! Habrá música y caña de primera; y para bailar y agasajarte vendrá la gente del distrito y de los fortines. La velación va a durar hasta que caigan todos rendidos aquí mismo.

Dositea, junto al retablo, proseguía su soliloquio, venciéndola ya el sueño y la fatiga de la dura jornada.

Y entretanto, en la quietud de las praderas dormidas crecía el rumor de una multitud de pasos y de un bronco vocerío de sublevación rural.

Y un grupo de hombres y mujeres de ademanes y carátulas trágicas irrumpió en la morada de Dositea Gavilán. Unos esgrimían palos; otros machetes de leñeros.

-¡Aquí está la Gavilán! -¡Vieja bruja!

-¡Vieja bandida! -¡Ahora las vas a pagar!

Dositea miró, más azorada que medrosa, a los invasores de su rancho,

-¿Qué quieren? -preguntó, irguiéndose. -Vos vendiste una vaca de San Antonio.

-¡ Y ya San Antonio, que es más bueno que ustedes, me ha perdonado.

-Mentira. ¡Qué va a perdonarte!... Y todos los que comieron de esa vaca ya finaron, uno a uno.

Y otras voces plañeron:

 -Y murió mi hijo.

 -Y murió mi marido. 

-Y murió mi querer.

-Y el carnicero ya está agonizando.

 Y un grito de iracundo sarcasmo: 

-¡Y vive todavía esta vieja maldita!

Algunos brazos se levantaron contorsionados, poniendo en los adobes, proyectados por las luces votivas, unos sombrajos de desesperación o de amenaza.

La mujer miró al santo y creyéndolo ofendido y creyéndose asistida por los poderes de él, cobró valor.

-Váyanse de mi casa, ahora mismito si no quieren que mi santo enojado, se baje y los corra a azotes. ¡Váyanse! ¡Váyanse! ¡Desalmados!

Una mano más audaz saltó y se crispó sobre la garganta de la mujer.

Dositea Gavilán estertoró revoleó los ojos dilatados y, al aflojarse la garra que la apresaba, se derrumbó y batió la cabeza en el retablo con el ruido seco del fantoche.

A esta sazón, los campesinos comprendieron que San Antonio manifestaba su cólera: una llamarada subía crepitante y cárdena, acaso para castigar, como espada angélica, a los sacrílegos.

Y todos, con espanto religioso, retrocedieron tumultuosamente.

Huían; y volviendo las faces, veían aterrorizados cómo la hoguera se agrandaba.

Nutríase el fuego con el rancho, el retablo y el cadáver de Dositea Gavilán y, devorándolos, los purificaba.

Esa noche falleció el carnicero de Santa Lucía. El médico que vino de Jobson certificó el deceso por carbunclo. Igual que todos los clientes que comieron de la vaca de San Antonio.

Fuente: http://www.redargentina.com

Material compilado y revisado por la educadora argentina Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com)
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