LITERATURA REGIONAL ARGENTINA
Hoy: Provincia de Tierra del Fuego
 

Aarón Cupit y Susana Gesumaría: se dedicaron a la literatura para niños y jóvenes, y escribieron varias obras, como autores individuales (Susana Gesumaría: "La flauta mágica de tía Sola"; "El árbol donde se hamaca el sol". Aarón Cupit: "Amigo Chum"; "La isla del cielo"; "Juguemos a imaginar"; "El astronauta de ojos azules") , y también en colaboración, como es el caso de "Cuentos para  siete colores" y  "Cuentos Argentinos con las Malvinas para jóvenes" (Editorial Plus Ultra) del que se han extraído estos textos. Aunque radicados en Buenos Aires, estos autores demostraron que los impactó el Sur Argentino.

POR QUÉ RUGEN LOS MARES DEL SUD

Es la fiesta de las Once Mil Vírgenes y el mar ruge, amenazador. Es la fiesta de las Once Mil Vírgenes y el rostro de Hernando de Magallanes muestra extrema preocupación.

¿Siente su alma a la deriva? ¿Está navegando en los misterios de la nada?

La tripulación de su menguada flota sufre igual o parecida angustia. Además de la falta de víveres, esos rudos marinos desean saber dónde se encuentran, cuál será el fin de ese temerario viaje.

Aceptaron embarcarse en el sueño del marino portugués porque la aventura, como el amor a la libertad, está en el sueño de todos los hombres. ¿Puede haber libertad o aventura mayor que la de proyectar un viaje que intente descubrir la unión entre dos mundos?

Y ahí están, en un día del año 1520,junto a Magallanes a 52° de latitud Sur. Han recalado en una bahía, próximos a tierras que después de siglos y luchas se llamarían argenti­nas. Los hombres no están tranquilos, existen recelos: quieren saber por qué rugen tanto los mares del Sur, pero esa inquietud es sobrepasada por otras.

¿Existirá esa nueva ruta soñada por el visionario? ¿No será un sueño imposible donde morirán todos?

Magallanes lee tremendos interrogantes en los ojos de los hombres más pequeños y en el de los más grandes y valientes.

Es imposible que no teman, si él está temiendo. En ese día de la fiesta de las Once Mil Vírgenes, debe reconocer que se ha extraviado. La situación es gravísima y su sueño puede concluir en catástrofe.

5in embargo, decide salir adelante y envía dos barcos fuera de la bahía en reconocimiento.

Tiene que encontrar un camino en el mar inexplorado: existe, lo presiente. ¿Estará donde los rugidos del viento son casi insoportables y las olas más altas?

La pregunta obtiene del cielo una respuesta negativa. Tal vez como castigo a su audacia, un huracán amenaza convertir a su flota en astillas.

El ojo de la tormenta mira a la nave del intrépido comandante, y a la que la acompaña, capitaneada por su segundo hombre de confianza, y las sacude con furias que parecen provenir del mismo infierno. Los salva el abrigo de una rada, pero ¿qué les sucede a los otros dos barcos que partieron sin rumbo fijo?

Magallanes espere y desespera. Puede creer que ha perdido la mitad de su actual flota, puede desear hallarse en el mismo camino donde sus hombres navegan atónitos.

Ven que las bahías se suceden, que la marea es más fuerte, el agua intensamente salada. Esa lengua de mar parece no tener fin.

Los hombres deciden volver y avisar al comandante. Qué lujos de sentimientos brillan en el pecho de Magallanes al escuchar el relato de sus marinos. Ya no duda ni teme.

Debe ir hacia adelante, porque adelante está la esperanza. Hacia atrás sabe lo que le espera: la derrota, la frustración.

Adelante entonces hacia la esperanza. Los barcos comienzan a navegar con ansiedad y lentitud en una de las más grandes aventuras de la Humanidad.

Magallanes contempla extasiado moles rocosas, tierras heladas, vastedades desconocidas elevándose como fantasmas a los costados del estrecho que más tarde llevará su nombre.

¿Son fantasmas o espíritus que iluminan la penumbra? Desde los barcos, los hombres señalan fuegos y más fuegos en las tierras allende el mar. Esos fuegos les hacen pensar en el fin o en el principio de la vida.

Mientras tanto, el mar está enloquecido ante tal audacia. Lanza olas terroríficas, coronas de espuma, brumas que opacan el camino que Magallanes recorre para llegar, por último, a un océano que le parece tan calmo que la bautiza Pacífico.

Ha encontrado la ruta que se propuso, ha unido por un estrecho dos eternos mundos de agua, ha grabado su nom­bre en ta historia de los viajes más sorprendentes,

Pero hay algo que Magallanes ignora: es ese misterioso sentimiento que une al mar rugiente con la tierra de los fuegos fantásticos. Magallanes ignora la leyenda, porque ésta aún no ha nacido.

Su nacimiento está en el enigma de los tiempos. Sólo se sabe que surge en esas tierras de antorchas eternas que hoy se llama Tierra del Fuego.

Allí vivieron los indios yamanas. Ellos supieron, quizás por instinto, explicarse muchas cosas. Lo que jamás entendieron, como tampoco entendió Magallanes, por qué en esas latitudes el mar no encontraba jamás calma, reposo, serenidad, ¿Por qué, preguntaban los jóvenes yamanas a los viejos, el mar nos amenaza siempre? ¿Por qué vuelca nuestras canoas? Los viejos indios yamanas, los más sabios, eran entonces los responsables de ubicar las culpas, de repetir la historia de la Mujer de Alma Dura y de lo sucedido a las otras mujeres de la tribu.

Porque el mito yamán dice que en aquel entonces las mujeres eran soberbias, arrogantes, casi feroces, especialmente una de corazón pétreo y ciega furia.

Se erigió en diosa suprema, se llamó Tanuwa y exigió obediencia incondicional a sus caprichos. Las mujeres la siguieron para empequeñecer más y más el poder de los hombres. Ellos no tenían derechos; debían obedecerlas en todo.

Para vencer, Tanuwa recurrió a toda suerte de hechos y mentiras impunes. Hubo disfraces, máscaras, secretos, lugares que la Mujer de Alma Dura decretó sagrados, un Templo de Roca para reinar eternamente.

Pero Tanuwa ignoraba que el Sol era el verdadero dios, justo e imbatible.

Un día, porque en aquellos lejanísimos tiempos el Sol era una criatura humana que feliz paseaba por el bosque, descubrió horrorizado las supercherías de Tanuwa y sus seguidoras. De inmediato armó a los hombres para que se defendieran.

Dice la leyenda que en los combates que siguieron, el Sol transformó el mar en una ola gigantesca que arrasó el templo de Tanuwa. Y que desde aquel día, cada vez que el mar recuerda lo sucedido, rugen y soplan los vientos más poderosos.

No fue suficiente que Tanuwa y las mujeres fueran convertidas en animales marinos, no fueron suficientes los siglos que pasaron, porque los mares del Sur continúan protestando, se agitan y desesperan.

Ayer, hoy, ¿hasta cuándo?

"El dios Sol, el dios Mar, no quieren mentiras, disfraces, engaños", decían los viejos yamanas a los jóvenes. ¿Concluirá el castigo? Llegará el día en que los mares del Sur olviden, perdonen y descansen en paz? ¿Se restablecerá la justicia?

Fuente: http://www.redargentina.com

Material compilado y revisado por la educadora argentina Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com)

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